Leyenda, Relatos

La leyenda del pueblo sin sangre nueva (día del niño)

La leyenda del pueblo sin sangre nueva

Se acerca el día del niño y se me ha ocurrido dedicarles una leyenda inédita: La leyenda del pueblo sin sangre nueva. Espero que os guste.

Existió en la antigüedad un pueblo situado a orillas del río Guaris que llevaba muchos años sumergido en la más profunda tristeza, pues el habitante más joven rondaba los cincuenta. El tiempo se había detenido cuando los únicos habitantes eran ancianos, no quedaban jóvenes para tener familia y ningún niño correteaba por las calles.

Todos vivían una soledad permanente y los de más edad tenían pesadillas por ser conscientes del fin de su descendencia.

Una mañana de mayo llegó al pueblo un señor muy extraño. Vestía ropas extravagantes y en su amplio sombrero marrón oscuro se posaban cuatro pájaros de distintos colores, con una extenso arcoíris en las plumas de sus alas. Cada uno de ellos se sujetaba a un comedero lleno de semillas.

Sabedor de la atención que le prestaban aquellos que se encontraban en la plaza, el visitante se quitó con suma delicadeza el sombrero y lo colocó sobre el agua de la fuente. Enseguida los cuatro batieron sus alas y comenzaron a beber.

El señor extraño se quitó también la chaqueta y la dejó caer en el banco más cercano. Después con voz grave se dirigió a su público:

—Ha llegado a vuestros hogares el mejor cuentacuentos del mundo, Berto el de los cuentos. Buenos días tengan mis bellas damas, mis simpáticos caballeros y mis traviesos niños…

Al pronunciar la última palabra, el señor buscó con la mirada a los más pequeños, sin embargo, no encontró a ninguno. Miro uno a uno a los presentes y le sorprendió ver qué todos eran ancianos.

—¿Qué clase de espectáculo es este? —preguntó más bien a sí mismo—. ¿Acaso hay en este hermoso lugar mejor artista que un servidor para mantener a los jóvenes y niños lejos de la plaza?

Varias mujeres rompieron a llorar y corrieron hacia sus casas. Otras bajaron la mirada y los demás mostraron su disgusto por la ignorancia tan grande de aquel visitante.

—¿No ha oído hablar del pueblo sin niños? —gritó un vecino—. Nos llaman el pueblo sin sangre nueva.

—Disculpe señor, pero vengo de muy lejos, del lugar más frío del planeta, y he parado aquí por casualidad. ¿Sería tan amable de contarme qué pena os aflige?

—Hace muchos años —comenzó a hablar un señor barbudo—, una malvada bruja quiso gobernar el reino a su antojo. Reclutó a todos los jóvenes y los obligó a luchar contra el rey. Perdió la batalla en tan solo dos días, pero seguía empeñada en derrotar al rey. Entonces busco la forma de hacerse con un nuevo ejército reuniendo a hombres y mujeres de cualquier edad. No esperaba encontrarse con la negativa de todos los habitantes del reino y por ello nos echó una terrible maldicion. Hizo desaparecer a toda la población menos de cincuenta años e invocó a sus dioses para que los que quedáramos no muriéramos jamás. Tampoco podemos salir de aquí para pedir ayuda o buscar a nuestra familia perdida. Usted es la primera persona que llega al pueblo desde entonces. Hace muchos años que no sabemos nada de nuestra gente.

—¡Qué historia tan triste contáis! No puede haber futuro sin gente joven. ¿Cómo voy a contar mis cuentos para niños, si no hay niños? ¿Cómo voy a vender mis libros a padres que cuentan cuentos a sus pequeños antes de dormir, si no hay padres? Deseo de corazón ayudaros y para eso necesito encontrar a la bruja que os hechizó. ¿Alguien sabe cómo localizarla? —preguntó el cuentacuentos.

—Por supuesto —contestó uno de los ancianos—. Tras la maldición despojó a la realeza de sus posesiones y se adueñó del palacio real.

—Excelente. Iré a visitarla.

El señor cuenta cuentos recogió su sombrero de la fuente e inmediatamente los pájaros volvieron a colocarse sobre los comederos. Se puso de nuevo su chaqueta y se dirigió rumbo a palacio.

En cuanto entró por la puerta principal dos enormes lobos negros vinieron a su encuentro seguidos de una docena de soldados con espada en mano.

—¿Quién osa interrumpir la mañana de mi señora? —preguntó un soldado.

—Un humilde servidor que quiere obsequiarla con mis pájaros mágicos, señores —contestó Berto—. Hacédselo saber a la dueña del palacio por si fuera de su interés.

Los soldados intercambiaron miradas sin saber muy bien cómo proceder. Uno de ellos guardó su espada y silenció a los lobos.

—Iré a decírselo. Espera aquí.

Nadie se movió de sus puestos. Pasado un rato volvió el soldado y se acercó al visitante.

—Mi señora lo atenderá. ¡Sígame!

El cuentacuentos no había visto nunca un palacio por dentro, pero estaba totalmente seguro de que el aspecto de aquel se había deteriorado con el paso del tiempo. La bruja no se había encargado de mantenerlo limpio ni ordenado. Parecía tan sombrío como ella. Caminó sobre una larga alfombra roja, manteniendo la mirada fija en la mujer que permanecía sentada en uno de los tronos reales al final del salón.

—¿Qué magia tienen esos pájaros? — preguntó la bruja tuvo al visitante frente a frente.

—Los cuatro tienen el poder de conceder cualquier deseo que pida siempre que sepa de qué color es.

—No lo entiendo. ¡Explícate mejor! —le ordenó.

—Por supuesto. Los deseos, al igual que los objetos, tienen colores. No es algo sencillo de ver, pero si usted puede apreciarlo y se lo pides al pájaro adecuado, él se lo concederá. Klico concede los deseos azules —dijo señalando al pájaro de cuerpo azulado—. Plesi, los deseos rojos. Este es Angús, atiende a los deseos amarillos y Flubi, los negros.

—¿Y si me equivoco?

—No pasa nada. Tienes tres oportunidades más —aclaró Berto.

—¿Y puedo intentarlo las veces que quiera?

—¡Claro! —contestó él.

—¿Dónde está la trampa? —quiso saber la bruja.

—No la hay señora, únicamente debe pagar una prenda.

—¿Cómo que una prenda?

—Antes de pedir el deseo debe deshacer una maldad que haya hecho con antelación. Después debe averiguar el color de su deseo y pedírselo al pájaro cuyo cuerpo tenga el mismo color. Si lo acierta conseguirá su deseo, si falla deberá repetirlo.

—¿Qué ocurrirá si mi deseo tiene un color diferente a estos cuatro pájaros?

—No debe preocuparse por eso pues cada uno de ellos atiende los deseos de un color secundario.

—Está bien. Quiero probar.

—Aguarde un momento, señora. Debo decirle algunas cosas antes de dejarle a mis pájaros:

  • durante 24 horas podrá pedirles todos aquellos deseos que quiera a cambio yo le diré la primera maldad que quiero que anule.
  • una vez que haya anulado la maldición no podrá volver a restaurar la o la ira de los cuatro pájaros descenderá sobre usted
  • bajo ningún concepto puede tocarlos, o volarán raudos hacia mi presencia.

  Tras aclararle las reglas del juego, Berto esperó pacientemente a que la bruja se decidiera.

—¿Acepta? —preguntó al fin.

—Acepto —exclamo la bruja—. ¿Qué maldición deseas que anule?

—Deseo que rompa la maldición que sufren los habitantes del pueblo sin sangre nueva.

—Pero… no puedo hacer eso. Me traicionaron. Imposible, pide otra cosa.

—Lo siento, señora, es la única condición que pongo para dejarle mis pájaros mágicos.

Tan avariciosa y mezquina era la bruja que no supo ver el engaño del cuentacuentos, solo pensaba en tener en su poder aquellos cuatro pájaros mágicos cargados de brillos, destellos y colores tan alucinantes que hipnotizaban. Con un extraño movimiento de manos y unas palabras cargadas de odio y crueldad rompió la maldición que había pronunciado décadas atrás. Berto le dejó el sombrero con los cuatro pájaros mientras veía como los ojos de la bruja brillaban de maldad.

  Minutos más tarde, el cuentacuentos entró en el pueblo sin sangre nueva. Caminó hacia la plaza deseando que su truco hubiera funcionado. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio la plaza llena de gente de todas las edades. Se abrazaban unos a otros y pronunciaban a voces sus nombres. Se besaban y lloraban de emoción pues el pueblo sin sangre nueva volvía a reunir a toda su gente: niños, jóvenes y ancianos que seguirían su curso como todo el mundo. La maldición se había roto y la alegría volvía a unos corazones cansados de tanto sufrimiento. Mientras, en palacio, la bruja se desesperaba por no saber el color de sus deseos  ya que se lo preguntará al pájaro que fuera, ninguno lo convertía en realidad.

Gracias por tu visita y hasta la próxima.