Relatos

La genti di muerti

La genti di muerti, fantasialg

  Hoy me apetecía mucho escribir algo relativo a estas fechas. Por mi profesión, celebro Halloween en clase. Tanto en la asignatura de inglés como en la de plástica todos los años preparo alguna actividad curiosa o novedosa para que conozcan un poco más esta costumbre de la angloesfera. Como estudiantes de inglés, la cultura debe ser un aspecto más a tener en cuenta.

  Por nuestra parte (en España), relacionamos estas fechas con los difuntos y de alguna manera nos acercamos más a ellos, aunque sea de forma espiritual. Para hacérselo un poco más ameno a los más pequeños lo mezclamos con salidas al campo para disfrutar en familia comiendo diversos frutos secos propios de la tierra.

  Sea como sea como celebremos estas fechas, lo típico es contar historias de miedo que provoquen sensaciones cuanto menos escalofriantes.

  Desde Extremadura, España, os traigo un relato basado en la mitología extremeña: la genti de muerti. Espero que os guste mucho

  Las gotas de agua caían en forma de aguacero sobre el asfalto húmedo. No era una carretera muy transitada, sin embargo, Clara había activado el control de velocidad por precaución.

  En el asiento trasero viajaba su hija Elena, de tan solo ocho años de edad, que mantenía una agradable conversación sobre sus planes en el pueblo del abuelo. Ella la escuchaba a ratos, le preocupaba la rapidez con la que había evolucionado la enfermedad y el estado en el que se lo iba a encontrar.

—Escucha una cosa, cariño —la interrumpió—. No sabemos si el abuelo tendrá ganas de conversación, así que si te hago un giño significará que debemos dejarlo descansar, ¿de acuerdo?

—Vale, mami.

  El cartel que señalaba el desvío hacia el pueblo apareció a la derecha del camino. Clara sabía que estaría embarrado y blando, por lo que entró con cuidado y condujo con más precaución que antes. Fue necesario activar la doble potencia de los limpiaparabrisas, aunque ya estaban muy cerca. De pronto, Elena gritó:

—¡Para!

  Clara frenó con tanto ímpetu que el coche se le caló. Por instinto, giró la cabeza y se paralizó al ver la expresión de pánico en el rostro de su hija. Estaba blanca como el papel, sus ojos desorbitados y clavaba sus uñas en el elevador. Entonces, se volvió hacia delante, siguiendo la trayectoria de su mirada y quedó horrorizada. Frente a ella, dos encapuchados de pies a cabeza se mantenían erguidos y a horcajadas sobre dos caballos blancos. Una niebla espesa y gris emanaba de sus figuras. El calor del interior del coche se intensificó e incluso se podían escuchar las respiraciones entrecortadas de las dos ocupantes.

—¿Quiénes son? —preguntó Clara con voz trémula.

—¡Son genti di muerti! —respondió Elena.

  Un espeluznante sonido gutural salió del cuerpo inmóvil de la niña, mientras su madre, con el vello de punta, giraba de nuevo la cabeza hacia ella.

—¿Por qué paras, mami?

  La sonrisa habitual de su pequeña iluminaba su rostro. Miró al frente, esperando ver a los dos jinetes esperando. No obstante, el camino estaba vacío y delante, a escasos metros, la entrada del pueblo.

  Desconcertada, Clara arrancó el coche y continuó hasta aparcar delante de la puerta de su padre. Una vecina hablaba con una muchacha joven, y ambas se giraron para darles la bienvenida.

—Teníamos ganas de que llegarais —dijo Petra, la más mayor, estrechando la mano de Clara—. Cada rato que pasa está peor. Esta es Adela, cuida de él varias horas al día.

—Hola Adela, gracias por todo lo que haces por él.

—No las merece.

  Entraron hasta la habitación, y Clara se sentó al borde de la cama. Su padre tenía un aspecto demacrado y pálido. Había perdido mucho peso y ni siquiera abrió los ojos cuando le habló. De todas formas, se quedó el resto de la tarde cuidándolo, sentada en la mecedora de su madre, pendiente de cualquier movimiento.

  Elena le había pedido permiso para salir a la calle. La nieta de Petra era amiga suya desde pequeña y hacía mucho tiempo que no se veían.

—Mi abu dice que el tuyo está muy grave.

—Lo sé. Parece otro. ¿Crees que se morirá?

—Si no tiene forma de romper la maldición, lo hará.

—¿Qué maldición?

—La de la genti di muerti.

—No le he odio nunca.

—Ven, te la contaré.

  Las dos muchachas corrieron hacia una fuente que se encontraba al final de la calle. No había nadie por los alrededores, así que allí podrían hablar sin ser interrumpidas.

—Según dicen los viejos del pueblo, hace muchos años, un hombre que vivía cuatro calles más abajo encontró la manera de burlar a la genti di muerti. Al parecer, hay una marca que es clave para que la maldición se rompa. Aquel hombre tenía dos pequeños círculos rosados en la parte baja de su espalda y su nieto, Felipe, la había heredado. Una noche que se encontraba en sus últimas horas, su nieto fue a despedirse de él. Rogó que lo dejaran a solas con el pequeño y le pidió un gran favor. Cuando nadie lo veía, Felipe colocó bajo el alfeizar de la ventana del abuelo dos sacos de avena y dos cubos de agua. Al día siguiente cuando fue a ver cómo se encontraba su abuelo, lo descubrió sentado en la mesa del comedor, comiendo tostadas y bebiendo una buena taza de café. El color rosado de sus mejillas había regresado y las ganas de moverse, también. Desde aquel momento, la relación entre abuelo y nieto fue excepcional.

—Pero ¿qué fue lo que pasó?

—Según cuentan, cuando dan las doce campanadas, los jinetes encapuchados sitúan sus caballos frente a la casa del enfermo. Con una honda bocanada de aire recogen su alma y se la llevan, dejando solo el cuerpo para ser enterrado y llorado por los familiares. Nadie sabe qué hacen con las almas ni a dónde se las llevan, pero no ocurrió eso con el abuelo de Felipe. Al parecer, cuando los jinetes llegaron, los caballos se comieron la avena y bebieron agua fresca. En cuanto se sintieron satisfechos, dieron media vuelta y se fueron por donde habían venido, sin realizar su trabajo.

  Elena se quedó pensativa. ¿Sería verdad la leyenda que acababa de contarle su amiga?

—Tengo que irme, luego te veo.

—¡Elena! ¿A dónde te vas?

  Mientras corría, no dejaba de pensar en las dos marcas rosadas del tamaño de cabezas de alfileres que tenía detrás de la rodilla derecha. Llegó a la casa de su abuelo y subió a su cuarto. Con rapidez se bajó sus leotardos favoritos y, colocándose frente al espejo de pie, observó atentamente sus marcas.

«¿Se parecerán a las del abuelo de Felipe?», se preguntó.

  Elena bajó las escaleras despacio, pensando muy bien lo que iba a hacer. En el patio de la casa había un cobertizo donde su abuelo guardaba las herramientas del campo y otras cosas. Tal vez hubiera avena por algún sitio.

—Cariño ¿a dónde vas? —preguntó Clara cuando la vio abrir la puerta del patio.

—Solo quiero ver si el gato está por ahí, mami.

—Ten cuidado. El abuelo tiene sus cosas muy ordenadas.

  En cuanto su madre volvió a la habitación, Elena entró en el cobertizo y su corazón se llenó de satisfacción al ver un saco repleto de avena. Con el cazo que se encontraba en la superficie llenó dos bolsas y las puso donde su amiga le había dicho, bajo el alfeizar de la ventana. Después llenó dos cubas de agua y las llevó a su sitio.

—Esto servirá —dijo Elena confiada.

 Faltaba una parte de la leyenda por averiguar y es que no sabía si los círculos rosados los había heredado de su abuelo. De todas formas, tenía que intentarlo.

  A las diez de la noche estaba metida en la cama, con las sábanas tapándole la cara. En sus sueños repetía una y otra vez, con toda claridad, cómo los jinetes llegaban a la puerta de la casa de su abuelo y se llevaban su alma. La maldición no se rompía. La leyenda era un fraude.

  Se había jurado a sí misma permanecer despierta hasta las doce de la noche, momento en el que bajaría y ahuyentaría a los caballos en caso de que la leyenda no funcionara. Sin embargo, el sueño había podido con ella y se despertó en cuanto el gallo cantó tres veces.

  La costumbre de bajar y subir las escaleras a toda prisa no le satisfacía aquella mañana. Quedaban solo tres escalones cuando escuchó la risa del abuelo. Los saltó de una vez y corrió hacia el cuarto. Su madre hablaba animadamente con él, mientras le colocaba una bandeja con toda clase de alimentos para el desayuno.

—¡Qué hambre tengo!

—Pues cómetelo todo, verás qué pronto te repones.

—¡Abuelo!

—¡Mi niña! Ven a darle un beso a este viejo que te quiere tanto. ¡Cómo has crecido!

—Abuelo, ¿estás bien?

—Claro, ha sido solo un achuchón, mi niña.

  Elena escuchó parte de la conversación que mantenían su madre y él. Disimulando, se acercó a la ventana y buscó las bolsas de avena y los dos cubos de agua. Todo estaba vacío.

—Abuelo, ¿tienes alguna marca de nacimiento?

—Claro, pequeña. Y tú también. Fue una alegría muy grande la que me llevé cuando al nacer te vi detrás de una rodilla las dos marcas rosadas que yo tengo en el mismo sitio.

—Vaya. Somos iguales, ¿verdad? —rio la pequeña, abrazando al anciano.

—Iguales, mi niña, iguales.

  La leyenda había funcionado. Nadie sabía el tiempo que duraba el gran regalo de vida que los jinetes habían otorgado al abuelo. De lo que sí estaba segura es de que lo aprovecharía.

Escribir una novela, Recursos para el escritor

Mi experiencia: Campnanowrimo

You´re win! Maravillosas palabras, ¿verdad? Eso me acaban de decir.Premio

He conseguido el reto del Campnanowrimo y aún quedan varios días para que termine el mes de abril.

Para los que no saben qué es el Campnanowrimo, es un reto personal que te propones conseguir para escribir una novela corta, relatos o cualquier proyecto que desees en un mes, el mes de abril. Hay otro reto en noviembre, pero más amplio.

Mis inicios:

  Me enteré de este reto por Maria José, de simplementemj, que lo colocó en Facebook. Ella ofrecía la posibilidad de abrir una cabina para hacer un grupo de escritores que tuviéramos el mismo propósito: escribir. Llamó a la cabina: La cabañita del lago. En total estábamos allí catorce escritores, cada uno con su objetivo planteado.

Algunos ya lo han intentado en otras ocasiones, pero yo me presentaba por primera vez.

El objetivo marcado fueron 40.000 palabras y debía escribir una media de 1300, diariamente.

Para mí resulta muy complicado ponerme frente al ordenador los fines de semana y sabía de antemano que en sábado y domingo no podría cumplir con las palabras del día. Por ello, me subí la ratio a unas 1550 palabras al día. De esa forma libraba los fines de semana.

En ocasiones me ha costado ponerme a escribir, no porque no tuviera ganas de hacerlo, sino que llevo otro proyecto a la mitad, la segunda parte de Pórtico de cruce (ver la sinopsis aquí) (y si te apetece leer los dos primeros capítulos, pincha aquí) y lo tengo casi abandonado por seguir este reto. Estoy deseando volver a retomarlo.

Mi otro reto personal para este nanowrimo era escribir algo fuera de mi zona de confort, pero pensé que sería más fácil que la primera vez que me presentaba a un reto así fuera con lo conocido. Así que en el mes de marzo le dí forma a una idea que había tenido años atrás. Mi novela corta trataría el mundo de la fantasía.

El título lo subías desde un principio, sin embargo, podías cambiarlo cuando te apeteciera. Yo puse: La búsqueda de Asiúl, y me sigue gustando.

Para buscar el nombre de mi personaje di muchas vuelta, porque quería algo fácil de pronunciar pero que no estuviera trillado. Hasta que se me ocurrió darle la vuelta a mi nombre, Luisa, y salió Asiúl. Lo de la tilde fue para que se supiera cómo pronunciarlo mejor. Me encantó.

Se trata de una novela de fantasía juvenil en el que sí hay un worldbuilding, aunque muy básico. No podía permitirme el lujo de perder mucho tiempo en montar una idea cuando lo que importaba era escribir.

Mi experiencia:

  • Ha sido gratificante. No solo conseguir el reto, sino acostumbrarme a escribir todos los días de diario y añadir aquellas palabras que debería escribir durante el fin de semana.
  • Ana Nieto dice que una de las ventajas de escribir rápido es que recuerdas todos los detalles más claramente y te ayuda sobre todo a darte cuenta de las repeticiones, muletillas… que cometes al escribir. Todo comprobado y cierto.
  • Te llena de satisfacción comenzar algo y terminarlo.
  • Te ayuda a dar importancia a la escaleta, cuando tienes todo atado, las cosas van sobre ruedas.
  • Me he centrado en escribir y no tanto en corregir, y de esa manera me he dado cuenta que cada proceso tiene su tiempo. Ya vendrá el momento de corregir y darle vuelta a muchas cosas, pero mientras fluya la creatividad hay que seguir escribiendo.
  • Te das cuenta que mucha gente tiene buenos propósitos, y se apuntan, pero que a la hora de la verdad, llevar a cabo este reto no es fácil. Es una carrera de fondo en la que tienes que ser constante, ir metro a metro y no apartar nunca la vista de la meta. Solo así puedes llegar a ser triunfador.
  • Y cómo no, me encanta mi diploma.

https://d1lj9l30x2igqs.cloudfront.net/camp/files/2018/04/Camp-2018-Winner-Certificate.pdf

Diploma del nanowrimo

 

          Gracias por tu visita. Hasta la semana que viene.

Recursos para el escritor

Bullet Journal para abril: Organizando el Campnanowrimo.

Bullet Journal

  Organizar mi tarea de forma ordenada, sistemática y amena es una de las actividades que más me gusta hacer.

  Existen en el mundo una gran cantidad de sistemas de organización para que cada uno encuentre el más apropiado, desde:

  • libretas con listas
  • agendas
  • bloc de notas
  • midori
  • app para móvil
  • ect

  Es cuestión de probar varios sistemas hasta que te haces con el definitivo.

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