Cuentos para aumentar la autoestima., Uso de la lengua

¿FELICITAMOS A ALGUIEN?

Bodas de Plata

Yo seré tu apoyo

 

    Hace muchos años, un monje budista pidió a su discípulo que tallara una escultura que representara el tiempo que, una pareja conocida, llevaba de matrimonio. Inmediatamente el discípulo preguntó por la cantidad de años que llevaban compartiendo su amor.

—Llevan veinticinco años juntos —contestó el monje.

—Entonces ya sé qué escultura realizar.

  Sin más dilación, el discípulo caminó hacia la zona arcillosa más conocida en la región y seleccionó la mejor arcilla que pudo encontrar. En aquél lugar permaneció días enteros con sus noches, modelando, dando forma a su idea, perfeccionando emociones y creando sensaciones.

  Cuando hubo terminado, volvió a su lugar de retiro, donde lo esperaba ansioso el monje budista. Colocó su obra encima de una mesita baja colocada en el centro de la estancia, retiró el paño que la cubría y se la mostró a su maestro.

  El monje observó la escultura con detenimiento. Supo enseguida el material del cual estaba hecha, de lejos representaba claramente el número 25, de cerca los detalles mostraban a una mujer arrodillada formando el número dos y a un hombre de cuclillas, formando en número 5.

—¿Por qué has usado arcilla? —preguntó el monje.

—Es uno de los materiales más antiguos utilizados por el hombre, por ser fácil de modelar y no necesitar más que las manos, que son el elemento indispensable de las caricias y el consuelo. Es un material que proviene de la tierra, que es cálida y generosa, como deben ser las atenciones al amado.

—Entiendo lo del número 25, pero ¿por qué la mujer forma el dos y el hombre el cinco?

—Para uno mismo, el amado es su segundo yo. El dos representa lo femenino, la dulzura, la cooperación, símbolo del equilibrio, de unión y de receptividad. El cinco representa el todo, el poder de la Naturaleza se encarna dentro de un pentagrama y es el número que simboliza los pozos del Conocimiento y la protección masculina. La mujer permanece de rodillas y el hombre de cuclillas. Cada uno mira hacia su parte del horizonte, pero el horizonte es un todo que abarca el espacio completo. Lo más importante de la escultura es el apoyo mutuo que se ofrecen. Ambas figuras se sostienen y apoyan por la espalda, símbolo de dureza, protección y resistencia. Es el pilar físico e interior. Sin ella, la pareja se derrumbaría.

El monje se encontraba perplejo ante tanta belleza y simbolismo.

—Si se fija en sus manos, ambos sostienen un esqueje de planta,  plantas enraizadas que serán genéticamente idénticas a sus progenitores y que representan a sus hijos.

Escrito por Luisa García Martínez.

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Cuentos para aumentar la autoestima.

¿Amas o dependes?

¿Qué más necesitas?

   En un país lejano vivía una princesa de tal belleza física que los caballeros del reino eran incapaces de mantener una conversación normal con ella, pues perdían continuamente la concentración al sumergirse en su preciosa mirada.

   Una tarde, el Rey decidió que había llegado el momento de desposar a su hija y celebró la mejor fiesta que el reino había disfrutado jamás. Cuando todos los caballeros del reino y de otros vecinos se aglutinaron en la sala del trono, el encargado de festejos comenzó a leer las palabras del Rey:

—Doy permiso a mi hija, la princesa Clarisa, a elegir entre todos los caballeros aquí presentes al que será, por siempre, quien haya de desposarla. Para ese menester, mi hija os dirá los requisitos que debe poseer.

  La princesa Clarisa se levantó de su sillón y caminó entre los caballeros, observando con detenimiento sus cualidades físicas antes de hablar.

—Yo, la princesa Clarisa, quiero que cada uno de vosotros se postre ante mí y me ofrezca un regalo. El dueño del regalo que más me entusiasme, será quien me despose.

  Los caballeros se tomaron un momento para pensar en el mejor regalo que podían ofrecerle a la princesa, para ser el elegido, y después hicieron una enorme fila que llegaba hasta los jardines del palacio.

  Uno a uno, como había sido el deseo de la princesa, fue ofreciendo su especial regalo, mientras su dama de compañía anotaba una lista muy extensa de ellos. Entre los deseos había terrenos llenos de hermosas plantaciones, castillos, joyas, los mejores vestidos elaborados por los mejores sastres, el cuadro más grande jamás pintado para mostrar su belleza, etc. Pero ningún regalo parecía llamar la atención de la princesa Clarisa.

  Entre los caballeros se colocó, sin que nadie se diera cuenta, un joven arquero que, llevaba años, enamorado de la princesa. Cuando llegó el turno de ofrecer su regalo, se arrodilló de la misma forma que lo hicieron los anteriores caballeros y le confesó:

—Llevo años enamorado de vos y le ofrecería mi amor y mi respeto por el resto de mi vida, pero si por algún motivo que desconozco, eso no fuera suficiente, le ofrezco traer a este palacio veinte cosas que usted quiera.

  La dama de compañía apuntó el regalo del arquero y le dio paso al siguiente caballero.

—No, espera un momento. Ese regalo es el que más me ha gustado. Así que —dijo poniéndose en pie —queda dicho que mi regalo será traer al palacio veinte cosas que yo desee. Si cumples con lo prometido, me desposarás, después de traer el vigésimo regalo que yo haya escogido.

  El primer regalo que la princesa Clarisa eligió fue traer un litro de agua de las corrientes mortales del lago Terkinesh. El segundo, la estatua de oro situada en la cima de la colina rocosa Trisbania. Después, una daga oculta en un desierto, lava de uno de los volcanes más peligrosos del reino y así sucesivamente. Cada deseo era más complicado que el anterior. El arquero pensó que jamás había realizado tareas tan difíciles sacadas de la mente de una cara tan bonita como la de la princesa. Cada vez que volvía al palacio con el regalo para la princesa, el arquero mostraba más heridas y tristeza en su mirada; llegaba mucho más delgado con cada salida y las conversaciones con la princesa para explicarle cómo había conseguido su regalo, eran más breves.

  Por fin llegó el día en el que la princesa le pediría el último de los deseos.

—Necesito que me traigas un pedazo de nube.

  El arquero se retiró sin pronunciar palabra, rumbo a una de las montañas más altas que había en el reino, con la esperanza de encontrar una nube a la que arrancarle un pedazo para la caprichosa Princesa Clarisa. Esta vez, tardó mucho tiempor en volver pues tuvo que enfrentarse a verdaderos peligros que pudieron llegar a causar con mucha facilidad su muerte.  Para mitigar la espera, la princesa decidió comenzar con los preparativos de la boda, de esa manera, cuando el arquero volviera, celebrarían la unión que sería para siempre.

  Cuando el arquero llegó con el pedazo de nube, se la entregó con mucha delicadeza a la princesa, pues temía que antes de que su amada pudiera disfrutarla se hubiera desvanecido.

  Sin embargo la princesa cogió el pedazo de nube y lo tiró sobre un cogin situado en el suelo.

—Ven, amado mío. Tienes que asearte y vestirte, pues de inmediato se celebrará nuestra boda.

  El arquero se tocó la frente que sangraba desde hacía horas.

—No te preocupes por esa herida, ahora te curan para que estés atractivo.

  El arquero pensó en su espalda, destrozada por todo lo que había tenido que soportar; sus pies cansados y sin calzado, gastados de tanto caminar; su estómago vacío de días y días de hambre… De repente, levantó la vista y le dijo mirándole fijamente a la cara.

—Antes de partir te amaba con todas mis fuerzas y te ofrecí mi amor incondicional y mis respetos. Nada de eso fue suficiente para ti. Te he traído todos los deseos que se te han antojado, cada cual más complicado y peligroso y pese a mi apariencia demacrada y dolorida, tu amor por mí no ha sido capaz de ahorrarme ni un solo  de los sacrificios que he hecho por ti. Ya no deseo casarme contigo. No mereces nada de lo que realmente puedo ofrecerte.

Escrito por Luisa García.

Si deseas escuchar el audio de esta historia, con la reflexión, visita mi canal aquí.

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Cuentos para aumentar la autoestima.

10 pasos para dominar la cólera

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  Julián era un hombre de mediana edad que deambulaba solo por las calles, sin saber muy bien a donde ir. Se sentía solo porque en realidad, estaba solo. Hacia un año que lo habían despedido del periódico en el que trabajaba. La razón que le había dado su jefe se le quedaría grabada en su cerebro para siempre:

     “Pasas más tiempo tratando de calmar tu cólera que trabajando.”

  Y era cierto. Todo le sentaba mal. El artículo que le mandaban a escribir siempre resultaba ser el más difícil, duro o polémico. Continuamente alababan el trabajo de los demás excepto el suyo; el ordenador que más se colgaba le pertenecía a él y era el quien cubría las horas más pesadas.

  En casa no era diferente. Su mujer siempre sabía qué decir para que el montara en cólera, si tenia que trabajar en casa los niños lo se lo permitían, si se iba fuera su mujer lo culpaba por no pasar tiempo en familia…

  En cuanto a los amigos, hacía ya tiempo que había decidido no mantener ningún tipo de contacto. Ellos no le entendían. Tenían trabajos que no requerían esfuerzo alguno y ganaban muchísimo dinero. Siempre se burlaban de el por cualquier motivo. Cada vez que quedaba con ellos acababa discutiendo con alguno. Hasta que decidió que ya no más. En el último año ya no tenía que ir a trabajar, su mujer se fue con los niños a casa de su madre y no veía nunca a los amigos. Aun así no pasaba ni un solo día que no montara en cólera con cualquiera que se cruzara en su camino.

  Llego un día en que se detuvo en un banco del parque y se echó a llorar como su fuera un niño. Lloro desconsoladamente durante un largo rato.

  De pronto un anciano con barbas blancas y un bastón se sentido a su lado y tocándole el hombre le pregunto:

—¿Por qué lloras así buen hombre?

  Julián se incorporó extrañado de que hubiera alguien que se dignara a hablarle. Creía que ya no quedaba en el pueblo una sola persona a la que no le hubiera mostrado su ira.

—Lloro de desesperación porque la cólera que habita en mi me ha convertido en una persona que no quiero ser.

—Allí enfrente están construyendo un bar, ¿lo ves?

—Claro que lo veo.

—Y están colocando los cristales, ¿los ves?

—¿Y qué con eso?

—Ven conmigo —dijo el anciano.

   Ambos hombres se dirigieron hacia el bar y se pararon junto al camión que contenía los cristales que varios hombres descargaban.

   Uno de ellos puso un espejo en el lateral del camión a la espera de que fueran a recogerlo.

  El anciano cogió por los hombros a Julián y lo coloco de forma que observara su reflejo.

—¿Qué ves ahora?

—A mí. Me veo a mí.

—El espejo refleja lo que tienes en tu interior, que no es otra cosa que el reflejo de lo exterior. La vida te enfrenta a situaciones que debes manejar tú solo y dependiendo del material del que estés hecho actuaras de una manera u otra.

—Eso ya lo sé, pero…¿cómo puedo manejar mi cólera?

—Escúchame bien. Te voy a mostrar un camino lleno de baldosas blancas y otras negras. Cada una de ellas te va a aconsejar “lo que debes hacer” y “lo que no debes hacer” cuando te sientas encolerizado. Si eres capaz de comprender su significado y adaptar esos consejos a tu vida yo lo sabré y el final del camino te llevará a un lugar o a otro. ¿Quieres comenzar a caminar?

—Claro que sí.

Julián comenzó a andar y encontró la primera baldosa blanca que decía:

  • Habla con claridad cuando una situación sea importante para ti.

Después venia la siguiente, también blanca:

  • Tómate un aislamiento temporal antes de contestar.
  • Descubre la causa de tu cólera.
  • Pelea limpio, sin culpar a nadie.
  • Usa palabras como YO para expresar sentimientos: Yo siento que…cuando tu haces…
  • Acepta las diferencias de opiniones.
  • Date cuenta que cada uno es responsable de su propio comportamiento.

Y aparecieron varias negras:

  • No digas a los demás como deben sentirse.
  • No te escondas detrás de un tercero.
  • El cambio no es rápido, requiere su tiempo.

  Al terminar la última baldosa Julián estaba llorando de nuevo. Acababa de darse cuenta de cuantas baldosas llevaban razón y él las había pasado por alto.

  Entonces se limpió la cara con el puño de su chaqueta y gritó cerrando los ojos:

—A partir de ahora seré otro. Asumiré mis defectos y buscaré la forma de iluminar mi camino. Lo haré primero por mí mismo.

  En cuanto abrió los ojos de nuevo reconoció la casa frente a la cual se encontraba y a las tres personas que aguardaban en la puerta: su mujer y sus dos hijos. Se abrazaron y juraron luchar juntos por una vida mejor, sin cólera ni malos humos.

Si prefieres escuchar el audio de esta historia ve a este enlace.

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