¿Cómo conseguir la Paz perfecta?

En busca de la paz perfecta
¿Existe?

En busca de la paz perfecta, escrito por Luisa García.

  Jaime era un niño de doce años al que le encantaba dibujar. Cada semana lograba trabajar lo suficiente como para aprender una técnica nueva y la practicaba hasta que su trazo era lo más perfecto que podía. Un día, al llegar al colegio, vio un cartel pegado en la entrada que anunciaba el mejor concurso de pintura que había existido jamás en la región. En seguida, se salió de la fila y leyó detenidamente las bases del concurso. Toda parecía ser relativamente sencillo para Jaime: debía hacer un dibujo sobre una cartulina blanca tamaño A3 en el que apareciera un paisaje que representara la paz perfecta.

   Durante todo el día estuvo dándole vueltas al paisaje. ¿Qué elementos debería tener ese paisaje para que, al mirarlo, sus colores, texturas y trazos te evoquen una paz perfecta?

   No tenía mucho tiempo, así que en cuanto llegó a casa, lo primero que hizo fue la tarea sapo. Por si alguien no lo sabe, la tarea sapo es aquella que te gustaría realizar después o simplemente no hacerla. Según los expertos, esa es precisamente la tarea que has de realizar primero, para estar tranquilo y relajado el resto del tiempo. Pues bien, una vez que Jaime acabó sus deberes se colocó cómodamente delante de un folio, donde realizaría la primera idea.

  Entonces Jaime se dio cuenta que no resultaba nada sencillo representar la paz perfecta, precisamente porque lo primero que debería averiguar era qué consideraba él que era la paz perfecta.

  Durante varios días mantuvo un continuo estudio sobre sí mismo, tratando de ser consciente de todo aquello que le daba paz y lo que le provocaba angustia o estrés. Al finalizar la semana tenía sobre su pupitre dos largas listas que debía estudiar a fondo. Antes de irse a la cama, había concluido el boceto de su paisaje sobre la paz perfecta. Ya solo quedaba añadirle color, detalles, profundidad, sombras y luces al paisaje.

  Llegó el gran día, el momento en el que un famoso pintor del pueblo se encargaría de elegir aquel paisaje que representara de forma más clara la paz perfecta. Un gran número de participantes llevaban consigo su obra y todos ellos la colocaron en sus respectivos atriles. Durante algo más de una hora, el pintor y otros colaboradores del concurso trataron de votar a su paisaje favorito. Tras ese tiempo, el pintor, teniendo en cuenta las preferencias de las otras personas, eligió dos de las pinturas y las colocó en el centro de la sala. Las personas encargadas del evento se arremolinaron alrededor del pintor. Algunos de ellos comentaron que ninguna de las dos eran sus favoritas, cuestionaron los gustos del artista e incluso le llegaron a preguntar el porqué de su elección.

—El primer paisaje contiene una gran cantidad de elementos que inducen a la paz: un lago tranquilo, un cielo despejado y limpio de polución, animales disfrutando de un precioso día al aire libre e incluso una pareja de ancianos se mecen a gusto en el balancín de su porche.

—Es posible que pueda representar la paz perfecta, pero ¿y ese otro? —preguntó uno de los colaboradores —. Las montañas rocosas del fondo están llenas de cactus que dificultan cualquier tipo de ruta y de una de las piedras surge una catarata cuyas aguas rompen con crudeza en el río pantanoso y violento. Animales salvajes corretean por los campos y no hay una sola muestra de vida humana.

—Es importante admirar los detalles —continuó hablando el pintor —. No lejos de la cascada se encuentra un arbusto, casi seco y viejo, pero entre sus ramas puedes observar la existencia de un nido y dentro de él, dos precisos bebes ardilla esperan con paciencia la llegada de su madre, que portara en su pico la comida necesaria para sentirse perfectamente en calma.

   Todos se quedaron perplejos mirando detenidamente el nido de ardillas, apenas visible del paisaje.

No ha paz en un lugar rodeado de comodidades, exento de problemas, sin ningún tipo de complicación, sin trabajo duro o sin dolor. Debes buscar la verdadera paz a pesar de todas las circunstancias horribles y duras que puedan rodear tu vida, solo así podrás extraer el sentimiento de paz perfecta. La paz perfecta está en tu interior.

  Así fue cómo Jaime consiguió el primer puesto en el concurso de pintura, pero lo que realmente ganó aquel día fue el conocimiento de sí mismo.

 

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¿FELICITAMOS A ALGUIEN?

Bodas de Plata

Yo seré tu apoyo

 

    Hace muchos años, un monje budista pidió a su discípulo que tallara una escultura que representara el tiempo que, una pareja conocida, llevaba de matrimonio. Inmediatamente el discípulo preguntó por la cantidad de años que llevaban compartiendo su amor.

—Llevan veinticinco años juntos —contestó el monje.

—Entonces ya sé qué escultura realizar.

  Sin más dilación, el discípulo caminó hacia la zona arcillosa más conocida en la región y seleccionó la mejor arcilla que pudo encontrar. En aquél lugar permaneció días enteros con sus noches, modelando, dando forma a su idea, perfeccionando emociones y creando sensaciones.

  Cuando hubo terminado, volvió a su lugar de retiro, donde lo esperaba ansioso el monje budista. Colocó su obra encima de una mesita baja colocada en el centro de la estancia, retiró el paño que la cubría y se la mostró a su maestro.

  El monje observó la escultura con detenimiento. Supo enseguida el material del cual estaba hecha, de lejos representaba claramente el número 25, de cerca los detalles mostraban a una mujer arrodillada formando el número dos y a un hombre de cuclillas, formando en número 5.

—¿Por qué has usado arcilla? —preguntó el monje.

—Es uno de los materiales más antiguos utilizados por el hombre, por ser fácil de modelar y no necesitar más que las manos, que son el elemento indispensable de las caricias y el consuelo. Es un material que proviene de la tierra, que es cálida y generosa, como deben ser las atenciones al amado.

—Entiendo lo del número 25, pero ¿por qué la mujer forma el dos y el hombre el cinco?

—Para uno mismo, el amado es su segundo yo. El dos representa lo femenino, la dulzura, la cooperación, símbolo del equilibrio, de unión y de receptividad. El cinco representa el todo, el poder de la Naturaleza se encarna dentro de un pentagrama y es el número que simboliza los pozos del Conocimiento y la protección masculina. La mujer permanece de rodillas y el hombre de cuclillas. Cada uno mira hacia su parte del horizonte, pero el horizonte es un todo que abarca el espacio completo. Lo más importante de la escultura es el apoyo mutuo que se ofrecen. Ambas figuras se sostienen y apoyan por la espalda, símbolo de dureza, protección y resistencia. Es el pilar físico e interior. Sin ella, la pareja se derrumbaría.

El monje se encontraba perplejo ante tanta belleza y simbolismo.

—Si se fija en sus manos, ambos sostienen un esqueje de planta,  plantas enraizadas que serán genéticamente idénticas a sus progenitores y que representan a sus hijos.

Escrito por Luisa García Martínez.

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¿Amas o dependes?

¿Qué más necesitas?

   En un país lejano vivía una princesa de tal belleza física que los caballeros del reino eran incapaces de mantener una conversación normal con ella, pues perdían continuamente la concentración al sumergirse en su preciosa mirada.

   Una tarde, el Rey decidió que había llegado el momento de desposar a su hija y celebró la mejor fiesta que el reino había disfrutado jamás. Cuando todos los caballeros del reino y de otros vecinos se aglutinaron en la sala del trono, el encargado de festejos comenzó a leer las palabras del Rey:

—Doy permiso a mi hija, la princesa Clarisa, a elegir entre todos los caballeros aquí presentes al que será, por siempre, quien haya de desposarla. Para ese menester, mi hija os dirá los requisitos que debe poseer.

  La princesa Clarisa se levantó de su sillón y caminó entre los caballeros, observando con detenimiento sus cualidades físicas antes de hablar.

—Yo, la princesa Clarisa, quiero que cada uno de vosotros se postre ante mí y me ofrezca un regalo. El dueño del regalo que más me entusiasme, será quien me despose.

  Los caballeros se tomaron un momento para pensar en el mejor regalo que podían ofrecerle a la princesa, para ser el elegido, y después hicieron una enorme fila que llegaba hasta los jardines del palacio.

  Uno a uno, como había sido el deseo de la princesa, fue ofreciendo su especial regalo, mientras su dama de compañía anotaba una lista muy extensa de ellos. Entre los deseos había terrenos llenos de hermosas plantaciones, castillos, joyas, los mejores vestidos elaborados por los mejores sastres, el cuadro más grande jamás pintado para mostrar su belleza, etc. Pero ningún regalo parecía llamar la atención de la princesa Clarisa.

  Entre los caballeros se colocó, sin que nadie se diera cuenta, un joven arquero que, llevaba años, enamorado de la princesa. Cuando llegó el turno de ofrecer su regalo, se arrodilló de la misma forma que lo hicieron los anteriores caballeros y le confesó:

—Llevo años enamorado de vos y le ofrecería mi amor y mi respeto por el resto de mi vida, pero si por algún motivo que desconozco, eso no fuera suficiente, le ofrezco traer a este palacio veinte cosas que usted quiera.

  La dama de compañía apuntó el regalo del arquero y le dio paso al siguiente caballero.

—No, espera un momento. Ese regalo es el que más me ha gustado. Así que —dijo poniéndose en pie —queda dicho que mi regalo será traer al palacio veinte cosas que yo desee. Si cumples con lo prometido, me desposarás, después de traer el vigésimo regalo que yo haya escogido.

  El primer regalo que la princesa Clarisa eligió fue traer un litro de agua de las corrientes mortales del lago Terkinesh. El segundo, la estatua de oro situada en la cima de la colina rocosa Trisbania. Después, una daga oculta en un desierto, lava de uno de los volcanes más peligrosos del reino y así sucesivamente. Cada deseo era más complicado que el anterior. El arquero pensó que jamás había realizado tareas tan difíciles sacadas de la mente de una cara tan bonita como la de la princesa. Cada vez que volvía al palacio con el regalo para la princesa, el arquero mostraba más heridas y tristeza en su mirada; llegaba mucho más delgado con cada salida y las conversaciones con la princesa para explicarle cómo había conseguido su regalo, eran más breves.

  Por fin llegó el día en el que la princesa le pediría el último de los deseos.

—Necesito que me traigas un pedazo de nube.

  El arquero se retiró sin pronunciar palabra, rumbo a una de las montañas más altas que había en el reino, con la esperanza de encontrar una nube a la que arrancarle un pedazo para la caprichosa Princesa Clarisa. Esta vez, tardó mucho tiempor en volver pues tuvo que enfrentarse a verdaderos peligros que pudieron llegar a causar con mucha facilidad su muerte.  Para mitigar la espera, la princesa decidió comenzar con los preparativos de la boda, de esa manera, cuando el arquero volviera, celebrarían la unión que sería para siempre.

  Cuando el arquero llegó con el pedazo de nube, se la entregó con mucha delicadeza a la princesa, pues temía que antes de que su amada pudiera disfrutarla se hubiera desvanecido.

  Sin embargo la princesa cogió el pedazo de nube y lo tiró sobre un cogin situado en el suelo.

—Ven, amado mío. Tienes que asearte y vestirte, pues de inmediato se celebrará nuestra boda.

  El arquero se tocó la frente que sangraba desde hacía horas.

—No te preocupes por esa herida, ahora te curan para que estés atractivo.

  El arquero pensó en su espalda, destrozada por todo lo que había tenido que soportar; sus pies cansados y sin calzado, gastados de tanto caminar; su estómago vacío de días y días de hambre… De repente, levantó la vista y le dijo mirándole fijamente a la cara.

—Antes de partir te amaba con todas mis fuerzas y te ofrecí mi amor incondicional y mis respetos. Nada de eso fue suficiente para ti. Te he traído todos los deseos que se te han antojado, cada cual más complicado y peligroso y pese a mi apariencia demacrada y dolorida, tu amor por mí no ha sido capaz de ahorrarme ni un solo  de los sacrificios que he hecho por ti. Ya no deseo casarme contigo. No mereces nada de lo que realmente puedo ofrecerte.

Escrito por Luisa García.

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10 pasos para dominar la cólera

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  Julián era un hombre de mediana edad que deambulaba solo por las calles, sin saber muy bien a donde ir. Se sentía solo porque en realidad, estaba solo. Hacia un año que lo habían despedido del periódico en el que trabajaba. La razón que le había dado su jefe se le quedaría grabada en su cerebro para siempre:

     “Pasas más tiempo tratando de calmar tu cólera que trabajando.”

  Y era cierto. Todo le sentaba mal. El artículo que le mandaban a escribir siempre resultaba ser el más difícil, duro o polémico. Continuamente alababan el trabajo de los demás excepto el suyo; el ordenador que más se colgaba le pertenecía a él y era el quien cubría las horas más pesadas.

  En casa no era diferente. Su mujer siempre sabía qué decir para que el montara en cólera, si tenia que trabajar en casa los niños lo se lo permitían, si se iba fuera su mujer lo culpaba por no pasar tiempo en familia…

  En cuanto a los amigos, hacía ya tiempo que había decidido no mantener ningún tipo de contacto. Ellos no le entendían. Tenían trabajos que no requerían esfuerzo alguno y ganaban muchísimo dinero. Siempre se burlaban de el por cualquier motivo. Cada vez que quedaba con ellos acababa discutiendo con alguno. Hasta que decidió que ya no más. En el último año ya no tenía que ir a trabajar, su mujer se fue con los niños a casa de su madre y no veía nunca a los amigos. Aun así no pasaba ni un solo día que no montara en cólera con cualquiera que se cruzara en su camino.

  Llego un día en que se detuvo en un banco del parque y se echó a llorar como su fuera un niño. Lloro desconsoladamente durante un largo rato.

  De pronto un anciano con barbas blancas y un bastón se sentido a su lado y tocándole el hombre le pregunto:

—¿Por qué lloras así buen hombre?

  Julián se incorporó extrañado de que hubiera alguien que se dignara a hablarle. Creía que ya no quedaba en el pueblo una sola persona a la que no le hubiera mostrado su ira.

—Lloro de desesperación porque la cólera que habita en mi me ha convertido en una persona que no quiero ser.

—Allí enfrente están construyendo un bar, ¿lo ves?

—Claro que lo veo.

—Y están colocando los cristales, ¿los ves?

—¿Y qué con eso?

—Ven conmigo —dijo el anciano.

   Ambos hombres se dirigieron hacia el bar y se pararon junto al camión que contenía los cristales que varios hombres descargaban.

   Uno de ellos puso un espejo en el lateral del camión a la espera de que fueran a recogerlo.

  El anciano cogió por los hombros a Julián y lo coloco de forma que observara su reflejo.

—¿Qué ves ahora?

—A mí. Me veo a mí.

—El espejo refleja lo que tienes en tu interior, que no es otra cosa que el reflejo de lo exterior. La vida te enfrenta a situaciones que debes manejar tú solo y dependiendo del material del que estés hecho actuaras de una manera u otra.

—Eso ya lo sé, pero…¿cómo puedo manejar mi cólera?

—Escúchame bien. Te voy a mostrar un camino lleno de baldosas blancas y otras negras. Cada una de ellas te va a aconsejar “lo que debes hacer” y “lo que no debes hacer” cuando te sientas encolerizado. Si eres capaz de comprender su significado y adaptar esos consejos a tu vida yo lo sabré y el final del camino te llevará a un lugar o a otro. ¿Quieres comenzar a caminar?

—Claro que sí.

Julián comenzó a andar y encontró la primera baldosa blanca que decía:

  • Habla con claridad cuando una situación sea importante para ti.

Después venia la siguiente, también blanca:

  • Tómate un aislamiento temporal antes de contestar.
  • Descubre la causa de tu cólera.
  • Pelea limpio, sin culpar a nadie.
  • Usa palabras como YO para expresar sentimientos: Yo siento que…cuando tu haces…
  • Acepta las diferencias de opiniones.
  • Date cuenta que cada uno es responsable de su propio comportamiento.

Y aparecieron varias negras:

  • No digas a los demás como deben sentirse.
  • No te escondas detrás de un tercero.
  • El cambio no es rápido, requiere su tiempo.

  Al terminar la última baldosa Julián estaba llorando de nuevo. Acababa de darse cuenta de cuantas baldosas llevaban razón y él las había pasado por alto.

  Entonces se limpió la cara con el puño de su chaqueta y gritó cerrando los ojos:

—A partir de ahora seré otro. Asumiré mis defectos y buscaré la forma de iluminar mi camino. Lo haré primero por mí mismo.

  En cuanto abrió los ojos de nuevo reconoció la casa frente a la cual se encontraba y a las tres personas que aguardaban en la puerta: su mujer y sus dos hijos. Se abrazaron y juraron luchar juntos por una vida mejor, sin cólera ni malos humos.

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El portador de Emociones.

El portador de Emociones.

Hubo una vez un hombre que todos los días recorría un camino desértico y arenoso para ir de su casa al mercado. Cuando volvía arrastraba una caja llena de piedras que le provocaban la más dura de las tristezas. Era una caja casi desvencijada por el peso y el trabajo que diariamente debía soportar.

Una mañana, cuando regresaba a casa sin más conversación que la de sus propios pensamientos divisó a una anciana en el borde del camino que lo detuvo para preguntarle:

—¿Qué daño has causado para tener que soportar en esa caja tanto sufrimiento, buen hombre?

—Yo soy feliz así, quitándole a los demás sus propios sufrimientos.

—¿Y cómo lo haces?

  El hombre se agachó y cogió una piedra.

—Esta piedra de aquí porta la rabia del panadero. Cuando me he acercado a su puesto he visto que el pan había subido de precio. Le he preguntado si tenía algún pedazo más pequeño y barato y ha desatado toda su rabia por la falta de venta contra mí.

   Esta otra, porta el desánimo del carnicero, que cansado de tanto trabajo ha preferido darme la pechuga sin partir porque estaba deseando irse a su casa.

   También llevo la incomprensión de una mujer que me ha insultado por no darme cuenta que pasaba tan cerca de ella que nos hemos rozado el brazo. Con tanto gentío en el mercado no pude evitarlo.

  Y esta, porta el miedo del pescadero que no ha soportado que ayude a entrar las cajas de pescado y ha creído que pretendía robarme una de ellas.

—¿Y esa negra, la más grande? ¿Qué significa?

—Esta piedra es la que más daño me ha causado. Lleva dentro la falta de paciencia de mi esposa, que me ha visto en el mercado y me ha regañado por seguir recogiendo sufrimientos.

—¿Y no te has parado a pensar que a  lo mejor tiene razón? —preguntó la anciana.

—Si no lo hago yo, ¿qué será de toda esa gente? Se frustrarán porque no sabrán gestionar sus emociones.

—Creo que no es tu labor absorber las emociones de nadie. Además ¿quién absorbe las tuyas? Cada uno es dueño de sus circunstancias y debe aprender a manejar sus respuestas a la vida.

—Pero, soy incapaz de responder a alguien que me lanza su rabia, miedo, pesimismo, desánimo, … Mejor me callo y continúo mi camino.

—Y llegará un momento en que no puedas con esa caja, o que ella sola se rompa.

—¿Qué puedo hacer?

—Deja que los demás gestionen sus emociones como mejor le parezca. No hagas tuyos sus propios problemas. Saca todas esas piedras que entorpecen tu desarrollo en la vida. Enfócate en el polo opuesto. Carga esa caja de emociones positivas que te den seguridad y confianza: la felicidad, una sonrisa, esperanza, entusiasmo, responsabilidad, equilibrio,… y verás recompensado el esfuerzo de arrastrar esa caja.

No dejes que nadie te regale lo que él mismo no quiere.

Reflexión:

En nuestras vidas, muchas veces tenemos que resguardarnos por algún tiempo y comenzar un proceso de renovación para llevar a cabo un vuelo con olor a victoria. Debemos dejar atrás las malas caras, las contestaciones inoportunas, las miradas de recelo, los comentarios inapropiados,… y mirar hacia adelante buscando única y exclusivamente lo positivo.

Si tú cambias, la vida cambia.

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El defecto de Juzgar.

El defecto de Juzgar

  La lluvia caía sin descanso desde el mediodía y las calles se llenaban de charcos que embarraban el calzado de los transeúntes.

Victor había permanecido todo el tiempo resguardado en un portal, oculto tras las cajas que el conserje había colocado en una esquina hasta que el dueño del  5º pasara a recogerlas.

Era su día de suerte. Comparado con sus amigos, él permanecía seco. Su única terea consistía en no dejarse ver. Pero la suerte no es eterna y el conserje se percató de la presencia del vagabundo. Enseguida lo echó de allí y lo amenazó con llamar a la policía si vovía a colarse en aquel edificio.

Victor salió a la calle y en cuestión de segundos estaba calado hasta los huesos, pero se sentía dichoso, por haber dormido una buena siesta resguardado del frio y la lluvia. Agradecido a la vida continuó caminando hacia la vieja fábrica con el techo derrumbado que le servía de hogar nocturno a él y a otros como él.

Mientras caminaba por la acera tratando de no chocar con nadie para no molestar, un desconocido se paró y le dio una moneda de 2 euros. Victor se lo agradeció varias veces sintiéndose de nuevo afortunado por la amabilidad de aquel señor.

  Con los 2 euros en el bolsillo y la felicidad de haber pasado un día seco, continuó su camino hacia la fábrica. Entonces, un olor a comida caliente inundó sus fosas nasales y de alguna manera lo dirigió hacia el pequeño restaurante-bar que la ofrecía.

El defecto de Juzgar

Victor abrió la puerta y fue consciente de todas las miradas que se clavaron en su apariencia. Empapado de pies a cabeza, con larga cabellera negra y una barba ensortijada, no resultaba muy atractivo al ojo humano.

  Se sentó en la primera mesa que vio desocupada y llamó a la camarera que parecía discutir con un señor enchaquetado. Tras asentir con gran pesar, se dirigió a la mesa del vagabundo, sacó la libreta del bolsillo y evitando respirar le ofreció la carta.

Victor la ojeó, mirando sobre todo los precios. Después la cerró y preguntó a la camarera:

—¿Tiene usted sopa caliente?

—Si, tenemos sopa con fideos.

—¿Cuánto cuesta?

La camarera suspiró de impaciencia mientras le decía que eran 4 euros.

  Victor sacó la moneda, la puso encima de la mesa y preguntó:

—¿Cuánto costaría la sopa sola?

  La camarera miró al jefe que estaba detrás de la barra, mostrando desesperación. Jamás se le había dado el caso de alguien que quisiera solo sopa, sin nada,  pero pensó que tal vez si le ponía pronto la comida, aquel vagabundo saldría del local y no espantaría a la clientela.

—Vale, se la puedo dejar a 2 euros.

—Entonces tráigame un plato de sopa.

Pasados unos segundos la mujer puso el plato de sopa encima de la mesa y Victor cogió la cuchara. Ya no recordaba la última vez que comió con ella. Probó  la sopa. Estaba exquisita y su estómago le agradeció la entrada de comida caliente.

Al terminar, Victor alzó la mano llamando a la camarera mientras veía por segunda vez cómo conversaba airada con el hombre enchaquetado. Debió convencerlo pues fue él quién le llevó la cuenta y recogió el dinero. Antes de irse Victor le pidió un boli.

En una de las servilletas de papel que había en la mesa escribió una nota y se fue.

Entonces el jefe le indicó a la camarera que debía limpiar la mesa pues la gente seguía llegando. Malhumorada porque todo le olía al vagabundo fue a recoger el plato con la cuchara cuando encontró una servilleta escrita debajo de un bolígrafo.

En cuanto cogió el papel su cara se descompuso.

El defecto de Juzgar

Sobre la mesa había una moneda de un euro. La camarera leyó la nota:

“No tenía para los fideos,

Pero aquí te dejo algo de propina.”

Agradezco mucho su servicio.

Reflexión:

Según dijo una vez  Antoine de Saint : “Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los demás”

Las personas que juzgan suelen compartir una misma personalidad y carácter:

  • Quieren justificar lo que hacen en su vida desacreditando la de otros.
  • No les interesa mejorar en la vida.
  • De alguna forma sienten que así se tranquilizan.
  • Y se enfadan con mucha facilidad.
  • No muestran interés por nada concreto. Su tiempo libre, que suele ser mucho, lo dedican a observar a los demás para luego criticar.
  • Creen que el éxito de los demás se debe a engaños, suerte o casualidad, nunca al trabajo, esfuerzo o constancia.
  • No admiten ninguna crítica sobre ellos mismos.

Entonces ¿cómo escapar de este tipo de gente? Casi de forma sencilla. No dejes que sus comentarios y opiniones te atrapen. Hay críticas que te ayudan a mejorar, son las únicas que importan, las demás transfórmalas en cascadas de agua que resbalan por las piedras y se van, de la misma manera que te das tú la vuelta y te apartes de ese tipo de personas.  Piensa que esa crítica que recibes es un regalo que no te gusta y devuelves, para buscar otro mejor.

No juzgues a la gente por su apariencia. No dice nada positivo de ti. Trata de guardar tu primera opinión sobre alguien en un lugar bien cerrado. Cuando le des la oportunidad de demostrarte quién es sabrás si abrir el cajón o no.

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El Poder de la Confianza

El poder de la confianza

EL PODER DE LA CONFIANZA

  En una pequeña granja situada cerca de las montañas del norte del país vivía Juana con su marido y su pequeño de no más de 4 años.

  Durante el día la pareja de granjeros trabajaba incansablemente cuidando de los animales, el huerto y el mantenimiento diario de la granja que cada día se caía en más y más pedazos.

  Pedrito ayudaba con los animales más pequeños y cada día lo hacía mejor. Parecía tener una habilidad especial para sacarlos adelante una vez nacían.

  Sin embargo, Juana y Pedro iban percibiendo que Pedrito no actuaba de la misma forma que otros pequeños que conocían. Le costaba mucho hablar y pese a que a veces pronunciaba alguna que otra palabra prefería hacerse entender con gestos. Pasaba las horas jugando con conejos, patos, gallinas y demás animales de la granja.

  Pasaron varios años y Pedrito continuaba siendo el mismo niño, expresándose de la misma manera y jugando solo con sus animales.

  Pedrito no tenía amigos, porque en la zona no vivía nadie, ya que el pueblo más cercano estaba a una hora a pie, pero tenía juguetes y cuentos con los que podía entretenerse. Pero Pedrito solo quería jugar con sus animales.

El poder de la confianza

  Llego un día en que los padres de Pedrito tomaron la decisión de llevarlo al colegio, ya tenía 8 años y podría ir y venir solo, realizando a pie la hora de camino que separaba al centro de la granja.

  El primer día de colegio fue muy duro para Pedrito ya que, aunque hizo amigos en cuanto llegó, todos comenzaron a reírse de él cuando confesó que no sabía ni leer ni escribir.

—¿Acaso tus padres no podían llevarte al colegio? —preguntaban los compañeros.

Pedrito movía la cabeza en señal de negación.

—¿Tampoco ellos saben ni leer ni escribir?

Pedrito asentía

—¿Entonces porque no te han enseñado ellos?

Pedrito se encogía de hombros.

  Y todos rompían a reír cuando escuchaban a unos pocos compañeros decir que era mudo.

  Pedrito volvió a casa y se encerró en su habitación. Ni siquiera saludó a sus amigos los animales cuando llegó a la granja.

  Juana y Pedro trataron de sacarle lo que había ocurrido en el colegio pero Pedrito no decía nada.

  A regañadientes fue durante dos semanas más a clases hasta que una mañana el director paró al pequeño antes de salir y le habló:

—Ten, Pedrito. Dale esta carta a tus padres de mi parte. No se to olvide, es importante.

El poder de la confianza

  Pedrito asintió y comenzó a hacer su caminata de vuelta a la granja. Al llegar a casa sus padres estaban sentados a la mesa con la cena delante. Pedrito le dio la carta a su padre y con escasas palabras comentó:

—Del director.

—¿Del director? —repitió su padre con voz preocupada —. Veamos qué dice.

Durante unos minutos leyó la carta en silencio hasta que Juana lo interrumpió.

—¿Qué dice?

—“Estimados padres de Pedro Comilla:

  Es un deber para mí informarles que tras varias reuniones realizadas por los maestros de este colegio hemos llegado a la conclusión de que Pedro ha superado todos los conocimientos que aquí podríamos enseñarles. Rogamos lo envíen a otro centro con mayores recursos o se encarguen ustedes mismos de su educación.

            Reciban un cordial saludo del Equipo de Profesores y Dirección.”

—Vaya, Pedrito — dijo Juana orgullosa de su hijo, dándole un fuerte abrazo.

Cuando Pedrito se fue a dormir la pareja se quedó conversando en la mesa.

—¿Qué haremos ahora?—preguntó Juana.

—Le enseñaré todas las tardes.

—Pero… ¿y la granja?

—Me levantaré antes y continuaré después de que él termine. Lo más importante es nuestro hijo.

El poder de la confianza

  Pasaron los años y el alcalde del pueblo de Pedrito organizó una celebración en honor suyo. Los últimos años había hecho grandes donaciones al pueblo y querían agradecérselo.

  Desde la alcaldía se escribió una carta invitando al Cardiólogo más importante del país, el Dr. Pedro Comilla, quién respondió a la misma con una afirmación.

  Tras celebrar el evento, el ahora doctor pensó visitar la granja. Sus padres desgraciadamente habían fallecido, pero la casa seguía intacta.

  Recorrió las habitaciones sintiendo melancolía y tristeza. Recordaba los buenos momentos vividos con sus padres y sus animales pero ahora todo estaba demasiado abandonado y solitario.

  Se le vino a la cabeza el libro favorito de su padre, que tantas y tantas veces le había leído antes de dormir: Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer y al pasar por su cuarto lo vio encima de la mesita de noche. Al cogerlo, una carta amarillenta y desgastada de tanto leerla cayó al suelo. Pedro la cogió y sus ojos se fueron directamente a la firma:

            Reciban un cordial saludo del Equipo de Profesores y Dirección.

— ¡Pero si es la carta del director! –dijo en voz baja.

Entonces volvió al encabezado y leyó:

 —“Estimados padres de Pedro Comilla:

  Es un deber para mí informarles que tras varias reuniones realizadas por los maestros de este colegio hemos llegado a la conclusión de que Pedro es un alumno con graves deficiencias cognitivas y dificultades para el aprendizaje que en este momento reciben sus iguales. Rogamos lo envíen a otro centro o se encarguen ustedes mismos de su educación.

  Pedrito, ahora doctor Pedro Comilla, no podía entender lo que acababa de leer. Esa no era la carta que su padre le leyó el último día que asistió al colegio.

  Ahora lo comprendía todo. Su padre había confiado en él más de lo que lo hiciera cualquiera y no estaba dispuesto a permitir que interrumpieran sus sueños. Prefirió sacrificarse él, echando más horas de trabajo de las que el día tenía, para llevar a su familia hacia lo más alto.

Hoy continúa preguntándose qué hubiera pasado si su padre hubiese leído la carta verdadera.

Reflexión:

    Una de las siete palabras mágicas que nos ayudan en el día a día a ser más felices, exitosos y mejores personas es “Confiar”. Tú sabes lo que necesitas saber, te lo dice tu intuición. Pero a veces no escuchamos a nuestro yo interior y nos dejamos llevar por lo simple y fácil. En esta historia el padre del protagonista tiene que confiar ciegamente en lo que cree su corazón, ya que el resto del mundo no lo hace. Si él cae en la misma trampa, el mundo se derrumbará a su paso. 

  La vida pone continuamente obstáculos que no solo tú puedes salvar. Estar rodeado de gente que apuesta por ti también destruye esos obstáculos.

  Hay tantas opiniones como gente en el mundo. Pero la opinión que los demás tengan de ti es suya. Tú debes tener tu propia definición de ti mismo y ser fiel a lo que crees. No eres ni mejor ni peor que otros, eres único y especial por la simple razón de ser Tú.

¿Y yú? ¿Qué nivel de confianza tienes? ¿Te animas a aumentarla?

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