Escribir una novela

Lectura gratuita, Pórtico de cruce

Estos son los dos primeros capítulos de Pórtico de cruce que se pueden leer de forma gratuita en Amazon, pero me gustaría tener una entrada en mi blog que permita leerlos. Aquí te los dejo, ojalá te guste leerlos tanto o más que a mí me fascinó escribir esta novela.

PRÓLOGO

Año 2008.

—¡Destruya el libro, padre! ¡Destrúyalo! No va a traer más que desgracias a esta familia.

—No puedo destruirlo, hija. Este libro contiene los conocimientos necesarios para acabar con el mal, pero en él también se encuentra el corazón del planeta Arkanshía y lo que a él concierne. Es la recopilación de años de estudio. Sin él, estaremos perdidos.

—¡Pero nos busca! —exclamó Elena.

—No. No nos busca a nosotros. Los busca a ellos y, sobre todo, ansía encontrar el Pórtico de cruce.

Dicho esto, Árkatos cerró los ojos y comenzó a pronunciar las palabras exactas del hechizo que tanto tiempo le había costado elaborar. Un hechizo que ni el más perverso adversario lograría deshacer sin los elementos adecuados. El libro quedó suspendido en el aire, envuelto en una nube de polvo y gas. Elena lo observaba con atención, a pesar de no comprender muy bien sus propósitos. De pronto, la gran obra se dividió en dos partes y, como si de humo se tratara, ambas desaparecieron sin dejar rastro. El viejo Árkatos jamás le contaría a nadie, ni siquiera a la que consideraba su hija, dónde había escondido cada parte del libro. Debía protegerla durante el máximo tiempo posible. Lo que Elena no sabía era que los planes se adelantarían.

Año 2017

Capítulo 1: La cicatriz

El piso de los padres de Pablo era realmente pequeño, aunque no se necesitaba mucho más para reunir a un grupo de amigos. Contaba con unos escasos sesenta metros, pero muy bien distribuidos, sobre todo porque el salón era inmenso comparado con el resto de las estancias. Era el lugar favorito de Pablo, un chico moreno que resaltaba entre sus amigos no solo por la preciosidad de sus ojos grises, sino por su personalidad cálida y entrañable. Su padre convenció a su madre para colocar un buen número de cómodos asientos alrededor de la televisión. Según sus palabras: «Nada mejor que tumbarse en un buen sofá, escuchando la voz suave y aterciopelada de la presentadora de un programa de animales, a la hora de la siesta».

  Era viernes por la noche y, en la calle, caía una fuerte lluvia incesante que limitaba cualquier actividad al aire libre. Los amigos de Pablo fueron llegando poco a poco y, entre risas y charlas, se acomodaron como pudieron. En esa ocasión serían solo cinco, el resto ya tenía otros planes.

  En cuanto el picoteo y la bebida estuvieron servidos, Pablo encendió el televisor y sacó del cajón una película.

—¡Espero que sea buena! —rio Alex, el más chistoso del grupo, tratando de hacerle cosquillas—. Ya conocemos tus gustos, ¿verdad?

  Todos comenzaron a reír de forma sana. Había muy buen rollo entre ellos.

  Gema se sentó delicadamente en el borde del sofá mientras picaba algo de la mesa. Eidyn se colocó a su lado y le pasó el brazo por detrás de la cabeza. Ambos se miraron a los ojos durante unos segundos y sonrieron. Ella sabía que podría pasar horas perdiéndose en el profundo azul de sus ojos.

  No habían transcurrido ni cinco minutos de película cuando, de repente, la luz se apagó. Pablo encendió la linterna de su móvil y se dirigió hacia el contador eléctrico, al mismo tiempo que Alma, la mejor amiga de Alex, se levantaba de un cojín del suelo y se acercaba a una de las ventanas del salón.

—¡El problema no viene de aquí! —comentó alzando la voz—. El edificio está a oscuras y la mitad de la calle, también.

  Varios chicos se levantaron a tientas y comprobaron lo que había dicho Alma.

  El salón estaba también a oscuras y el único halo de luz que podría orientarlos debería entrar por la ventana, sin embargo, no era así. Sabían que estaban allí, aunque no podían verse. De pronto, un olor nauseabundo se esparció por la estancia y se escuchó a alguien susurrar.

—¡Eidyn!

—¡Ah!

—¿Qué pasa? ¿Quién grita? —preguntó Alma, creyendo que alguno de los chicos se estaba haciendo el gracioso.

—Nada —aclaró Eidyn—. Mi cicatriz… Vuelve a sangrar.

—¡Que nadie se preocupe! —chilló Pablo, tratando de conceder un punto de luz a la situación—. Traigo una vela —dijo, buscando en un bolsillo de su pantalón un mechero y, en seguida, la encendió.

—Es por la lluvia, seguro —aclaró Gema con su dulce voz—. Está cayendo una buena.

  Volvieron a sentarse y se reunieron alrededor de la poca luz que ofrecía la vela.

—¡Vaya! —dijo Alex, aclarándose la garganta—. Es un momento ideal para contar una historia de miedo.

—¡Ah, no! —protestó Alma—. No empecéis, por favor. Ya habéis tenido bastante con los susurros y los gritos. Dejad de hacer tonterías.

  Todos comenzaron a hablar a la vez, proponiendo diferentes historias para que uno de ellos (siempre hay algún experto) los deleitara con sus palabras.

—Claro, Eidyn. ¿Por qué no cuentas cómo te hiciste esa cicatriz del pómulo? —le sugirió Pablo, el único al que se lo había contado de niños por ser su mejor amigo.

  En un principio no le pareció muy buena idea, pero los chicos lo animaron.

—De acuerdo. Os la contaré.

  Se inclinó un poco hacia adelante y, adoptando el papel de un elocuente narrador, comenzó a detallar su historia:

 —Ocurrió cuando tenía diez años. La víspera de un examen importante quedé con Pablo en la biblioteca para estudiar. Pasamos la tarde tan concentrados, que se nos fue el tiempo. Cuando salimos a la calle era ya de noche. La temperatura había caído en picado desde la tarde y el frío podía notarse en los huesos. Pablo y yo nos despedimos, tomando cada uno direcciones opuestas. Comencé a caminar los diez minutos que tardaba en llegar a casa mientras me colocaba la capucha de la sudadera y los auriculares. Puse mi música favorita y me alejé, cuanto pude, del borde de la acera, pues los coches salpicaban al pasar. Había realizado ese recorrido cientos de veces, y todo estaba como siempre. Pese al frío que hacía y la hora que era, aún había gente andando por la calle, concentrada en sus propios pensamientos. Los coches circulaban a ambos lados de la calle y, al pasar cerca de un semáforo, se oía el pitido que ayudaba al transeúnte a cruzar por el paso de peatones.

  Eidyn hizo una breve parada, manteniendo el suspense. Después prosiguió:

—Llevaba recorrido la mitad del trayecto cuando, de repente, noté la calle vacía. Me quité enseguida el auricular derecho y me sorprendió la ausencia de sonido. Retiré el izquierdo. Los coches habían dejado de circular, y nadie deambulaba por las aceras. No se escuchaban sirenas ni cláxones. Nada. Parecía como si la imagen que tenía delante de mí, fuera una escena de película en la que alguien había hecho pausa. Todo estaba demasiado estático.

  Eidyn volvió a interrumpir el relato, observando a sus amigos, que escuchaban con atención sus palabras, sin tan siquiera pestañear, y alguno de ellos ya empezaba a removerse esperando que siguiera.

—Mis sentidos me aconsejaron andar un poco más deprisa y —continuó el muchacho—, en el fondo de mi alma, comencé a sentir la necesidad de llegar a casa cuanto antes. Me coloqué de nuevo los auriculares para no escuchar el vacío de la calle. De pronto, alguien pronunció mi nombre con una voz susurrante y hostil.

—¡Eidyn!

—A pesar de la música que sonaba un tanto alta en mis oídos, lo escuché perfectamente. Miré hacia un lado y vi una figura humana cubierta de pies a cabeza por una enorme túnica oscura. No lograba ver con claridad. Se encontraba a varios metros de distancia y, sin embargo, tardó menos de un segundo en estar frente a mí. La luz de las farolas no era suficiente para poder visualizar los rasgos de su cara, y mis sentidos me aconsejaban salir pronto de allí. Sentía la boca seca. No tuve tiempo ni de respirar cuando me asestó un tremendo golpe en el estómago. Me lanzó varios metros hacia el interior de un oscuro y solitario callejón que jamás había visto. Quedé inmovilizado en el suelo, sintiendo cómo ardía por dentro. Aquella figura comenzó a acercarse, ahora con paso lento pero seguro. Cuando llegó al lugar donde yo me encontraba, me levantó por el cuello y me sostuvo contra la pared. Pese al dolor tan intenso que sentía en la boca del estómago y el ahogamiento que me estaba causando en aquellos momentos la presión de sus dedos, alcé la vista y le miré directamente a los ojos, tan verdes como una esmeralda y, al mismo tiempo, tan fríos como un témpano de hielo. No sé de dónde saqué las fuerzas suficientes para preguntarle qué quería. Con voz gutural y profunda me contestó:

 —Deberías saber quién soy. Tus antepasados me conocieron muy bien.

En ese instante una bola de fuego, salida de la nada, impactó en su espalda y la hizo desaparecer, no sin antes pasarme una de sus afiladas uñas por el pómulo izquierdo, muy cerca del ojo. De inmediato, caí al suelo y me llevé una mano a la cara. Sangraba. Sangraba mucho. Miré a lo lejos y vi la sombra de alguien acercándose con paso rápido. Mi corazón iba a estallar de un momento a otro. Llegué a pensar que no saldría vivo de aquel callejón. Observé con más atención y pude reconocer a la figura que se aproximaba hacia mí. No tenía capa. Era otra persona.

«¡Es mi abuelo!», me dije.

 Jamás me había alegrado tanto de verlo. Di un salto, lo abracé y comencé a explicarle, de forma atolondrada, lo que había vivido en los últimos minutos. Él me miró y, con mucha delicadeza, me limpió la sangre con su pañuelo. Trataba de tranquilizarme hablando muy relajado y convenciéndome de que sería mejor olvidarlo todo. Durante el camino a casa no dijimos nada ninguno de los dos. Yo tenía miles de preguntas que hacerle y escenas en mi cabeza que no desaparecerían nunca. Aquellos ojos verdes se me quedarían grabados en la mente para el resto de mi vida. Por muchas preguntas que iniciaba, el dedo de mi abuelo siempre me indicaba que callara, y continué el camino en silencio.

  Eidyn se pasó la yema de los dedos por la cicatriz. La enfermera había hecho un buen trabajo y apenas se veía.

—No conseguí dormir en toda la noche —continuó narrando Eidyn—. La persona de la capucha era real. No había sido ningún sueño. Me preguntaba por qué mi abuelo no me permitía hablar del tema, por qué quería que lo olvidara. De vez en cuando me llevaba la mano al pómulo. Ya no sangraba, no obstante, daba pequeñas punzadas de recuerdo. Por la mañana me desperté con esta misma cicatriz.

  En el salón se hizo el silencio. Los allí presentes se habían ido acercando a Eidyn cada vez más, mientras él relataba sus vivencias. Todos los ojos lo enfocaban, esperando más información y ahora la historia había acabado. Cuando repararon en eso, comenzaron a hacerle preguntas sobre lo ocurrido y, justo entonces, Gema se levantó con aire enfadado, abrió la puerta y se fue. Eidyn no sabía qué era lo que le había ocurrido, así que se disculpó y salió tras ella, dejando a sus amigos tan intrigados como lo estaba él.

  Salió del portal y Gema corría. Le ganaba varios metros de distancia.

—¡Gema, espera! —gritó—. ¿Por qué te vas?

  La muchacha se detuvo.

—¿Puedo saber qué te ha pasado?

Gema lo observaba enfadada y, en un principio, no respondió. Él permaneció en silencio, dándole unos segundos para que se tranquilizara.

—¡No puedo entenderlo! —contestó al fin—. Llevamos meses juntos. ¿No te parece esa historia lo suficientemente importante para que yo la conociera antes que los demás?

—¿Quieres dejar de gritar? ¡Estamos en la calle! Y no. No lo consideré necesario.

—¡Me parece genial! ¿Qué otras cosas me ocultas, ah?

  Él abrió la boca para contestar algo, pero no tuvo tiempo. Ella alzó los brazos, soltó un soplido en señal de derrota y comenzó a alejarse sin despedirse.

—¡Gema! ¡Eh, espera!

  Eidyn continuó llamándola varias veces aun sabiendo que no regresaría. Al menos, no esa noche. La conocía muy bien. Era una chica preciosa, encantadora… aunque muy testaruda. La llamó por última vez, pero ella ni siquiera lo escuchaba ya. Temblando de frío y reconociendo que no conseguiría nada quedándose allí, decidió volver a casa. No tenía ganas de subir al piso con los chicos, así que dio media vuelta y comenzó a caminar cabizbajo, sin advertir la presencia de alguien que se acercaba hacia él, distraído, mirando su móvil.

—¿Qué te pasa chaval? ¿No miras por dónde andas?

—Podría decirte lo mismo, ¿no? —preguntó Eidyn.

  Ambos se agacharon al oír cómo el móvil se estrellaba contra el suelo, y varias piezas salieron despedidas por el acerado. Eidyn lo recogió, le dio la vuelta y observó la pantalla hecha pedazos.

—¡Genial! ¿Sabes cuánto cuesta la pantalla de este móvil?

—No te preocupes —trató de tranquilizarla—. Yo me encargo de arreglarlo.

  Por primera vez los ojos de ambos se cruzaron y permanecieron fijos durante unos cuantos segundos. Verdes… Los ojos de aquella chica eran verdes. Recordó los de la figura del callejón. Compartían el color pero no el carácter. Aquellos ojos que veía ahora eran cálidos y sensuales, y los envolvía la cara más bonita que jamás había visto en toda su vida.

—Ni siquiera te conozco.

—Eidyn Gaes.

—Dana Sanz.

  Ambos estrecharon sus manos con un poco de recelo.

—Es extraño. Parece como si ya te conociera. Como si nos hubiéramos visto antes —comentó Eidyn.

—Pues no. No te he visto en mi vida. ¿Cómo lo hacemos? Dana había retirado su mirada rápidamente, tratando de evitar que descubriera su mentira. Ella también había sentido algo muy extraño al tocar su mano. No obstante, ¿cómo se le dice a un desconocido que aparece en tus sueños desde que eras una niña?

—Vivo a dos manzanas de aquí —aclaró—. ¿Conoces la Librería de las ciencias? Pues yo vivo allí.

—No. No la conozco. Pero ya lo averiguaré. Lo mandaré a reparar y te llevaré la factura. Espero que no me estés mintiendo.

  Se guardó las piezas del móvil en el bolsillo de su chaqueta y, sin decir nada, se fue. El muchacho mantuvo la mirada fija en su espalda durante un rato.

—¡Eres la chica del unicornio! —susurró. Después, siguió rumbo a casa. Esta había sido una noche muy extraña. Se tocó la cicatriz y volvía a sangrar.

Capítulo 2: Un doloroso adiós

Perdido en sus pensamientos, Eidyn entró en casa. Dos rostros femeninos pasaban veloces por su mente. Por un lado, el de Gema enfadada; por otro, el de la misteriosa muchacha, Dana, molesta y desconfiada. La luz de la habitación de su madre permanecía encendida y la puerta, entreabierta. Se dirigió hacia ella para darle las buenas noches y después, fue a su cama. Necesitaba estar a solas para pensar en lo que había sucedido. Golpeó suavemente la puerta, pidiendo permiso para entrar, pero no obtuvo respuesta. Lo único que escuchó fue un suave quejido. Entró sigiloso y vio a su madre tendida en la cama con aspecto cansado y dolorido. Era una mujer tan activa y alegre que resultaba impactante verla de aquella manera. Eidyn supo de inmediato que se encontraba enferma.

—¿Mamá?

  Se acercó hasta la cama y le tocó la frente. Estaba ardiendo en fiebre. Comenzó a asustarse. Nunca la había visto enferma. Ni siquiera había sufrido un simple resfriado. Sacó el móvil del bolsillo trasero de su pantalón para llamar a urgencias de forma intuitiva.

—¡No hijo! ¡No lo hagas! —susurró su madre.

—Mamá, solo quiero que te vea un médico. Él sabrá qué te ocurre.

—Ellos no pueden hacer nada. Esto no se cura. Tiene su origen en otro mundo.

—¡Mamá! ¿De qué hablas?

—No te preocupes. Solo déjame descansar un momento, cariño y deja de morderte las uñas.

  Eidyn sentía que nada de lo ocurrido en casa de Pablo y en la calle con aquella extraña muchacha, tenía sentido alguno. Su madre estaba muy enferma. Lo sentía. Ahora lo urgente era atenderla. Ya nada era más importante que ella. Pasaría la noche velándola, cuidándola. De repente tuvo la sensación de que, a partir de aquel instante, ya nada sería igual.

  Dormía o al menos eso le parecía. Sentado en la orilla de la cama, con los ojos húmedos, atrapado en el recuerdo de días mejores, trataba de desechar la idea de perderla. Habían transcurrido dos días desde que entró aquella noche en su habitación para darle un beso y se la encontró enferma. Desde entonces, no se había levantado. No hablaba ni se despertaba. De vez en cuando cambiaba de posición y continuaba quejándose. Día a día Eidyn comprobaba cómo el aspecto de su madre cambiaba.

  Yacía boca arriba, prácticamente inmóvil, mientras le sujetaba las manos, acariciándolas, intentando hacerlas entrar en calor. Sus labios iban poco a poco palideciendo. Su cabello, completamente blanco, se esparcía delicadamente sobre sus hombros y la almohada.

  Cuarenta y cinco años. Contaba tan solo con cuarenta y cinco años de edad y ni los más prestigiosos médicos de la ciudad habían encontrado un pronóstico clínicamente razonable. Estudiaron el caso durante horas en los últimos días y, sin embargo, no encontraron respuesta a ninguna de sus preguntas. Cuando trataban de vislumbrar el verdadero pronóstico de la paciente, la expresión en sus caras te llevaba a adivinar sus pensamientos. No había que ser muy inteligente para entenderles. Se moría. Su madre moría de una supuesta enfermedad rara.

  De repente, un leve apretón de manos le desvió de sus pensamientos. Alzó la mirada y trató de limpiarse las lágrimas con el puño de su camisa, en un intento de ocultar sus emociones. No obstante, el color rojizo de sus globos oculares reflejaba sus sentimientos. Ella lo observaba y en sus descoloridos labios se dibujó una suave y delicada sonrisa.

—Estás aquí, mi hombrecito —susurró Elena.

—No hables, mamá. Debes descansar. Ya tendrás tiempo de hablar después.

—No, Eidyn. No lo tendré. Lo sé. ¡Escucha! Debes desatarme el colgante.

—¿El colgante? —preguntó sorprendido—. «El colgante protege el círculo del alma». Esas eran tus palabras cuando te lo pedía. ¿Recuerdas?

—Lo sé —afirmó casi sin aliento—. Precisamente por eso. Su misión es proteger el círculo de «tu» alma.

  De niño, disfrutaba escuchando a su madre hablar del colgante y sus propiedades. Le fascinaban las historias de criaturas fantásticas que tan ávidamente desarrollaba su imaginación. En esos instantes, hablar del colgante le parecía la cosa más infantil y banal del mundo.

—Por favor. Hazlo. No creo tener fuerzas para desatarlo yo —pidió encarecidamente Elena.

  Muy despacio, Eidyn le colocó sus temblorosas manos tras el cuello y desató un nudo que llevaba muchos años en la misma posición.

—¡Deprisa! Anúdatelo al cuello —insistió, incorporándose unos centímetros de la almohada—. No vaya a ser que…

—¿Qué, mamá?

—Hay tantas cosas que me gustaría explicarte. Quiero que sepas que me prohibieron revelarte la verdad. Era muy peligroso para ti. Ha llegado la hora y estarás solo. Sé fuerte. Pronto vendrán a guardarte, a protegerte. Tienes que creer, confiar…

  La tos no le permitía mantener una conversación tranquila. Realizaba verdaderos esfuerzos al respirar. El cansancio ganó otra batalla, y se quedó dormida de nuevo. Ahora su hijo dispondría de un rato para pensar en lo que acaba de escuchar.

  No fue difícil dejar que su mente retrocediera en el tiempo, cuando era muy pequeño y curioso. Al inicio de la Calle Petunias se hallaba, desde hacía décadas, la Librería de las ciencias. Tenía la presencia de un antiguo edificio que, con el paso de los años, había sido restaurado para modernizar su aspecto. La puerta principal se apoyaba en un marco con un medio punto arriba y una extraña y diminuta inscripción tallada en el dintel, un símbolo. Decenas de trocitos de cristales de colores creaban una preciosa vidriera en la parte superior. Encima de la librería se encontraba la vivienda habitual de la familia Gaes y nada más entrar, a la izquierda, estaba el laboratorio de su abuelo Árkatos, una de las habitaciones más grandes de la casa. Le habían prohibido, desde que tenía uso de razón, entrar en aquel lugar. Su abuelo siempre le decía que sabía hacer magia y que tenía una esfera mágica que le contaba cada día las travesuras que realizaba. Eidyn no se lo creía y un día, su curiosidad fue más allá. Espió a su abuelo mientras desayunaba. Cuando terminó, le comentó a su hija que iría un rato a trabajar. Así que lo siguió y logró escabullirse en el laboratorio sin ser visto. Permaneció allí varias horas observando, escuchando… El anciano hablaba un lenguaje extraño. Manejaba diferentes botes con líquidos de varios colores y consistencias, vertiendo gotas dentro de una copa de barro. Tenía a la vista varios libros que consultaba continuamente y, en ocasiones, llegaba a enfurecerse y a tirar la copa, comenzando de nuevo el proceso.

  Aquel día, Eidyn sospechó que su abuelo era brujo, aunque jamás llegó a contárselo a nadie. De hecho, aquella no fue la única vez que se coló en el laboratorio. Repitió la misma chiquillada cientos de veces sin que lo vieran.

  Por primera vez pensó, al observar a su madre, si el viejo Árkatos no se había hecho el despistado por puro interés o porque a él también se lo habían prohibido. Pero ¿quién? ¿Por qué alguien les prohibiría hablar? Y… ¿de qué? Tenía el colgante en su cuello. Ese colgante que tantas veces había querido ponerse, y su madre no le había dejado. Mostraba la figura de un dragón con las alas semiabiertas, sujetando entre sus fuertes patas un trozo de piedra gris. Parecía como si la piedra se hubiese partido y solo quedara un pedazo, el que estaba sujeto al animal. De todas formas, eso debió ocurrir mucho antes, ya que él siempre lo había visto tal y como estaba. Supuso que su madre se lo había entregado porque sospechaba su final. Volvió a mirarla fijamente.

—Pareces tan mayor…, tan… vieja.

  A su mente le vinieron comentarios que había escuchado muchas veces en su vida. «Tu familia siempre está igual, es curioso», «Los años no pasan por ellos», «Parece que han hecho un pacto con la bruja del tiempo»…

  Él los ignoraba y les daba a entender que pasaba de las críticas. Pero en el fondo le importaba. Era cierto y extraño a la vez. Por ellos no pasaban los años. Desde que Eidyn tenía uso de razón había visto a su madre y a su abuelo con el mismo aspecto físico. Él nunca se atrevió a comentar nada delante de ellos ni de nadie. Prefería pensar en otras cosas.

Recordó una mañana en la que ocurrió algo demasiado insólito. Salió un rato antes del Instituto, pues al mediodía irían de excursión y les daban unas horas para revisar lo que necesitaban. Al llegar a casa se dirigió a las escaleras que se encontraban a la izquierda de la librería y que daban al interior de la vivienda. Entró en la casa y no encuchó a nadie. Caminar por el pasillo y vio la puerta del laboratorio entreabierta. Entonces escuchó susurros. Su abuelo estaba dentro con su madre. Eidyn oyó una extraña conversación en voz tan baja que apenas podía entender lo que decían.

—Ya está listo. Bébetelo —dijo Árkatos.

  Elena se bebió de un trago el contenido de una pequeña botella púrpura. Después, se la entregó al abuelo, y este le colocó el tapón.

—Bueno, cariño: ¿lista para otros tres años más? —preguntó sonriendo el anciano.

—Siempre me he preguntado una cosa, padre. ¿Qué pasaría si llegara el momento de necesitar el brebaje y tú no estuvieras para prepararlo?

—Estaré. Siempre estaré. Pero, por precaución, guardo una botella llena por si ocurre alguna emergencia. Se encuentra dentro de esta caja plateada, ¿la ves?

  El viejo Árkatos sacó una cajita del fondo de una estantería, la abrió y le enseñó el contenido. Elena lo miró tranquila y le sonrió.

—Piensas en todo —comentó—. ¿Has preparado la de ella?

—Voy a dársela ahora mismo. Luego nos vemos.

  Eidyn supo que iban a salir del laboratorio por lo que corrió a su habitación para no ser visto. Durante mucho tiempo, no dejó de pensar en lo que había presenciado. «Otros tres años más». ¿Qué significaría eso? Tres años… ¿para qué?

—Dime en qué piensas —las palabras de su madre lo sacaron de sus pensamientos.

—¡Has despertado! ¿Cómo te encuentras? —preguntó Eidyn, cogiéndole una mano.

—Bien —la tos regresó enseguida—. ¿Qué te preocupa?

—Nada. Ahora no es momento para hablar de tonterías.

—No habrá muchos como este. Dime, ¿qué pensabas?

—Siempre he querido creer que el abuelo tenía más de científico que de brujo. Sin embargo, esto no lo entiendo. Tú y tu… aspecto. Lo que te está ocurriendo…

—Escucha, no hay tiempo para explicártelo. Me queda muy poco…

—Sé lo del brebaje —la interrumpió—. ¡Claro! —gritó de pronto—. ¿Cómo no lo pensé? ¡El frasco guardado!

  El muchacho se levantó de la cama y corrió hacia la puerta.

—¡Eidyn! ¡No!

—¡Sí, mamá! Si te tomas el brebaje tendrás tres años más, ahora lo entiendo. Escuché al abuelo cuando te lo dio la última vez.

—Ya no… queda. —A Elena le costaba cada vez más hablar.

—¡Sí! El abuelo guardaba siempre una botella en una caja plateada, ¿recuerdas?

—Ya no está.

  Se quedó afligido y lentamente volvió a sentarse en la cama, junto a su madre. Ella le cogió la mano y le dijo:

—En el primer cajón hay un diario. Ve a la fecha 23 de Marzo de 2014. Léelo y entenderás. En las últimas páginas está… está…

  Elena sintió una punzada en el corazón y supo que había llegado su hora. El aire de la habitación se había vuelto denso. Le costaba mucho respirar. Todo comenzó a verse cada vez más oscuro y la cara de su pequeño, más borrosa. Sabía que le estaba sujetando la mano, pero ya apenas lo sentía. Los momentos vividos comenzaron a pasar por su mente como imágenes a cámara rápida. Podría haber vivido situaciones muy diferentes, si no hubiera sido porque ofreció su vida al rey. Sin embargo, eso ya no importaba; ni su hogar ni su familia ni aquel herrero apuesto que la pretendía. Había servido al rey y lo había hecho con honor.

  Sentía no poder despedirse de él.

—¡Mamá! No me dejes, te lo suplico.

—No es un adiós, tesoro. Solo es un hasta luego.

—No. Es un adiós, un doloroso adiós. ¡Mamá!

—Escúchame. Búscala. Ella está en tu misma situación.

—¿Quién, mamá? ¿De quién hablas?

—Dime, hombrecito, ¿a qué huele el adiós?

—No quiero jugar a eso, mamá. ¿Mamá?

  Sus ojos se cerraron lentamente y con un leve suspiro, se fue. Eidyn no paraba de llamarla. Las lágrimas comenzaron a escapar de sus ojos como si buscaran la libertad. Las miles de preguntas que nunca se había atrevido a sacar a la luz golpeaban su cabeza, castigándole de alguna manera por no haber previsto la falta de tiempo. ¿A quién iba a preguntar? Su abuelo no estaba. Su madre acababa de irse. Estaba solo. A partir de ahora, estaría solo.

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