Relatos

Emociones: El duelo

Cuento infantil corto que ayuda a gestionar la pérdida de un ser querido.

La pérdida de un ser querido es, por desgracia, un suceso que nos ocurre a todos, es el ciclo de la vida. No obstante, para los más pequeños puede ser una situación difícil de manejar. Esta extraordinaria historia llevará a tu pequeño/a a conocer a Carlitos, un niño de seis años que aún no ha superado la muerte de su madre y, por ese motivo, se muestra introvertido y triste. Gracias a unos buenos amigos conseguirá vencer esa emoción; sin embargo ciertos acontecimientos lo llevarán a enfrentarse con una información que jamás esperó recibir.

Incluye:

Guía de desarrollo personal sobre el cuento

Actividades sobre emociones

Información para adultos.

Si conoces a algún niño/a que acaba de perder a un ser querido, consideras que es una situación delicada y deseas ayudarlo, esta es la historia que necesita para que gestione sus emociones.

Sabemos que para los adultos asimilar el duelo es difícil, duro y agobiante. Imagina para las edades tempranas.

Regala felicidad, salud y bienestar personal con esta maravillosa historia corta. No solo se conmoverá con Carlitos, sino que aceptará su pérdida y la verá con otros ojos.

Ayúdale a ser un niño/a feliz, a pesar de su duelo.

Aprovéchate de la guía y las actividades que añado al final para conseguir mejores resultados, verás que trabajando en familia todos ganaréis en calidad de vida.

Entra en este enlace y descarga totalmente GRATIS el cuento infantil “¿Debo despedirme?” Tendrás la sensación de haber dado un gran paso hacia el bienestar del pequeño/a.

La escritora Inés Vega (Gruplin, Suspiros del alma…) ha comentado sobre “¿Debo despedirme?”:

Creo que lectura obligada no sólo para niños sino también para adultos. Una historia conmovedora con esa enseñanza de trasfondo con la que abarca de una manera muy hermosa el duelo de un ser querido. Mi enhorabuena a la autora por crear un cuento tan bello que al final te hace sonreír.

La escritora Rosana Gutierrez (Salvemos la tierra) ha comentado:

Es una historia preciosa, muy sencilla pero con una gran profundidad, puede ayudar a los niños y a los mayores a enfrentarnos con una dura, pero natural realidad. Me encanta cómo lo trata la autora y cómo nos da muchos recursos para ayudar a niños y jóvenes en la aceptación de la pérdida de un ser querido. Yo soy madre y educadora, lo tendré muy en cuenta.

Si te gusta el cuento “¿Debo despedirme?” te agradecería que entraras en Amazon y escribieras tu opinión. Me ayudarás a crecer como escritora y a crear más historias como estas.

Muchas gracias.

Leyenda, Relatos

La leyenda de la mujer que calmó al mar

Hoy es un día muy especial para los marinos de profesión, que como muchos otros, también disponen de un día en el calendario para celebrar y se conoce como Día de la Gente de Mar, una fecha proclamada por la Organización Marítima Internacional en la Conferencia de Manila 2010. No es ni más ni menos que un día oficial de las Naciones Unidas.

El objetivo de celebrar este día es reconocer la gran esfuerzo, trabajo y aportación que realizan la gente de mar .

Es tarea de todos los que estén relacionados con el mar promover este día y difundir a nivel internacional las posibles mejoras de condiciones de trabajo y de vida de esta gente de mar.

Para difundir este día, la celebración se relaciona cada año con una temática diferente y este está relacionada con la igualdad de género bajo el lema: “I Am On Board with gender equality” “A bordo con Igualdad de Género”. Si deseas buscar información en redes sociales, podrás usar el hashtag: #IAmOnBoard. Entre esta Gente de Mar no solo encontramos hombres, sino también mujeres que se dejan la piel de igual manera.

Por eso quiero hacer un humilde homenaje desde mi blog con esta leyenda, titulada: La mujer que calmó al mar.

Una fuerte tempestad asolaba el mar de los pescadores. Así se conocía a uno de los mares más bravíos de la zona norte de Japón. Las olas se entrelazaban unas con otras rompiendo en la orilla con la fuerza de un ciclón. La espuma blanqueaba la arena de la playa, desierta por la ausencia de bañistas.

El mar de los pescadores

Alumnos meses eran más terribles que otros, pero estaba febrero que ganaba cualquier partida. Los fuertes vientos, las bajas temperaturas y los celos desmesurados de la luna por no poder tocar las aguas conseguían que este mes fuera el más temido por los pescadores. La gran mayoría de ellos se negaban a partir y preferían doblar turnos en meses anteriores y posteriores. Sin embargo, esa medida era un lujo que Namikai no se podía permitir. Durante el mes de enero, una enfermedad obligó a su marido a permanecer en cama varias semanas, sin poder salir a pescar. La despensa y el frigorífico se hundían en el vacío. Era necesario salir a pescar, a pesar de haberse adentrado en la primera semana de febrero. Durante varios días escucho las plegarias de su esposo:

—Namikai, no vayas a pescar tú sola. Mira que el mes de febrero es tempestuoso y no favorece a nadie.

—Conmigo lo hará, Haruki . No en vano recibí el mejor de los nombres: Namikai, olas de mar. Todo saldrá bien.

Y cargando los últimos víveres, Namikai se adentró en las frías aguas del mar de los pescadores junto a su único hijo, Mitsuni, de tan solo ocho años de edad. Cada uno se encargaba de echar y recoger sus redes a ambos lados del barco, satisfechos del buen resultado que estaban teniendo.

—No parece que estemos en febrero, madre, el día está buenísimo — dijo Mitsuni, usando sus fuerzas para subir la red rebosante de peces.

—No es el día lo que mas me preocupa, sino la salida de la celosa luna.

—¿Por qué te preocupa la luna, madre?

La celosa luna

—Hay una leyenda que dice que en el mes de febrero, la luna aproxima su trayectoria a la tierra y sus rayos son más intensos que en cualquier otro mes del año. Según cuentan los ancianos, es en este tiempo cuando la luna sueña con bañarse en las frías aguas del mar de los pescadores para absorber su poder.

— ¿Qué poder tiene?

—Cuando las mujeres deseamos ser madres nos bañamos en estas aguas en febrero y absorbemos su energía. Al poco tiempo, engendramos un hijo. Desde que la luna oyó esta leyenda desea también ser madre, pero su frustración va en aumento. Al ver que no consigue sus propósitos se venga del mar haciéndolo enfurecer y obligándolo a engullir a los barcos que por él navegan.

—Si esa leyenda es verdad, ¿por qué has decidido venir a pescar en pleno mes de febrero, madre?

—Este año ha tocado así, hijo. Esperemos que nada suceda.

Namikai y Mitsuni siguieron pescando toda la tarde y un rato antes del ocaso pusieron rumbo a casa. Una fría y fina lluvia comenzó a humedecer las ropas de nuestros pescadores. Mitsuni miraba al cielo, rezando para que no fueran más que inofensivas gotas. Sin embargo, Namikai sabía que aquello era solo el principio. Varias olas rompieron contra el casco de la barca e inundaron el fondo. Los movimientos de las olas revolvieron el estómago del pequeño y ambos rodaron varias veces de un lado a otro. Necesitaron amarrarse con cuerdas al poste central para no caer al agua.

—Asegura ese nudo, hijo —gritó Namikai.

La furia del mar estalló en un segundo, el cielo se tornó negro y una fuerte lluvia amenazó con hacerlos volcar. Namikai se arrodilló, sintiendo el agua por encima de su cintura. 

«La barca se va a pique», pensó.

Miró al cielo y le dedicó unas palabras al dios del mar, Susanno:

—Oye mi humilde voz, espíritu de la naturaleza, dios de las aguas del mar y señor de las tormentas. No te sientas amenazado por el dios de la luna, Tsukuyomi, pues su único deseo es permitirle se madre. Si calmas tu furia, te ofrezco mi compañía en un mes en el que deambulas solo entre estas aguas.

—¿Qué dices, madre? Padre se enfadará.

—Concédele a la luna su deseo más soñado —continuó Namikai, haciendo caso omiso a su hijo—, deja que se bañe en tus poderosas aguas y lograré que otros pescadores me acompañen. No temas los rayos de luna, que enfrían tus olas, ni el viento que manda a azotarte para que crezca tu ira. No quieras borrar su reflejo provocando tempestades, pues solo lograrás que aumente su furia. Cálmate y deja que la luna absorba tu poder. Solo así las cosas cambiarán.

En cuanto dio paso al silencio, el viento cesó, las aguas se aplacaron y los rayos de luna se posaron sobre la superficie del mar.

—Vamos, no dejes de remar — dijo Namikai a su hijo—, el dios Susanno nos ha dado una tregua.

A partir de entonces, el mar de los pescadores dejó de ser tan bravío, sobre todo en febrero y permitió que los barcos navegaran sin problemas. Ya no se teme al dios del mar ni tampoco al de la luna. Las mujeres salen a pescar con sus maridos o acompañada de otros que comparten su profesión. Y se sabe que desde ese momento, si logras mirar con atención, en medio de las aguas del mar de los pescadores, puede verse junto a la luna otra mucho más pequeña y tenue a su lado. Su madre la mantiene casi oculta, para que nadie ose molestarla.

Leyenda dedicada a la gente de mar. Espero que os guste.

También os pueden interesar estas otras leyendas:

1.-El pueblo sin sangre nueva.

2.-Los sacacuartos.

3.-Los buscadores de piel.

Leyenda, Relatos

La leyenda de los buscadores de piel

Leyenda de los buscadores de piel, fantasialg
Leyenda inédita escrita por Luisa García

En un país lejano del que apenas se ha oído hablar, existe una leyenda que sigue cumpliendo su función principal: hacer reflexionar a los niños sobre el hecho de obedecer a los mayores.

Esta leyenda habla en particular de las mamás y dice así:

Cuentan los ancianos que, en un bosque sombrío y carente de vida humana, una mujer encontró el lugar perfecto para vivir con sus dos hijos pequeños: Culén, de ocho años de edad y la dulce Ivyn, de tan solo cuatro. Acababan de abandonar el pueblo donde habían nacido porque Bianca, la mamá, estaba en busca y captura por el robo de cinco hogazas de pan. Mientras los pequeños recogían leña para resguardarse de la fría y larga noche, su madre recolectaba todos los frutos comestibles que encontraba a su alrededor. Cuando llenó el delantal que colgaba de su cintura, volvió al lugar elegido como el nuevo hogar.

—Prepararemos una choza de finas ramas para dormir, ¿qué os parece? — sugirió Bianca. 

Los niños estaban asustados y temían que al llegar la noche, los ruidos del bosque, el movimiento de los animales y el aleteo de las aves empeorarían sus miedos.

— Queremos volver a casa — contestó Culén con un leve titubeo en los labios. 

La madre hizo caso omiso a las palabras del niño y comenzó a construir el refugio. Cantaba una canción animada, para que sus hijos se encontraran cada vez más a gusto. Después de un rato trenzando hojas y colocando ramas estas se terminaron y Bianca decidió ir a buscar más. Aún quedaba tiempo para la puesta de sol. 

— Quedaros aquí sentados frente al fuego. No os mováis ni os acerquéis a las llamas, ¿de acuerdo? —ordenó Bianca.

—No te vayas, mami. Tengo miedo —aseguró Ivyn.

—No tardaré más que unos cuantos minutos, te lo prometo. 

—¿Y si vamos contigo? — sugirió Culén. 

—No podemos dejar el fuego solo ni tampoco el refugio, podrían destrozarlo los animales del bosque. 

Bianca se adentró entre los altos y frondosos árboles dejando a los pequeños al rededor de la hoguera. 

Pasaron varias horas y Bianca no volvía. Los pequeños comenzaban a desesperar.

—Si buscamos ramas acabaríamos antes y mamá podría volver con nosotros —dijo Culén, mirando con atención a su hermana.

—Mamá dijo que nos moviéramos de aquí.

—Lo sé, Ivyn, pero no pasará nada, ya lo verás. Ven.

Culén sujetó la mano de su hermana y ambos se fueron por el mismo camino que había seguido su madre. Recogían cada rama que veían y se la colocaban bajo el brazo. Escucharon ulular a varias lechuzas y el cantar de diferentes pájaros. Pasado un tiempo, sentían los brazos cansados por el peso de las ramas y decidieron que ya tenían suficiente. 

—Seguró que mamá está a punto de regresar, así que nosotros también lo haremos —dijo Culén. 

En ese instante, una rama crujió y los dos se volvieron asustados hacia el lugar del que procedía el ruido. 

—Buenas tardes, preciosos niños. 

Una señora de avanzada edad, vestida con capa negra, ropas oscuras y raídas, se acercó a los pequeños. Con las manos tiznadas y las uñas cargadas de mugre, trató de acariciar el dulce rostro de Ivyn, que de inmediato dio un paso atrás. 

—¿Estáis perdidos en el bosque de los buscadores de piel? —preguntó la mujer.

—No —contestó rápido Culén—. Estamos esperando a nuestra madre. 

—¿Has dicho «el bosque de los buscadores de piel»? —preguntó asustada Ivyn. 

—En el estáis. ¿No habéis oído hablar de él?

Los niños movieron la cabeza en señal de negación. 

—Cuando los muertos pierden la piel —comenzó a explicar la anciana— se guarecen en este bosque, con una única finalidad: regresar al mundo de los vivos. 

—¿Y dónde encuentran la piel? —quiso saber la pequeña.

—En los humanos desobedientes que se adentran en estos parajes, como vosotros. 

La voz de la anciana retumbó entre los troncos de los árboles y el viento la la devolvió varios segundos después. La joroba de su espalda la hacia inclinarse de tal forma que los niños sentían cada vez más cerca su aliento. No dejaba las manos en quietas y trataba de tocar a los hermanos en todo momento. 

—Quiero irme —dijo Ivyn. 

—Ya no puedes —contestó la anciana.

Enseguida se irguió y tiró la capa que la cubría al suelo. Un cuerpo esquelético y sin piel se asomó a través de la desgastada ropa. Los niños gritaron con fuerza, pero no tuvieron tiempo de escapar. Los huesudos dedos de la mujer agarraron a los chicos por los brazos y de inmediato aparecieron en la cueva de la anciana, donde casi una docena de esqueletos aguardaban pacientemente la llegada de piel fresca. 

Nadie sabe qué pasó con aquellos niños ni tampoco con Bianca, cuando descubrió que sus hijos no estaban donde ella los había dejado. Lo único que se conoce del final de esta leyenda es que muchos viajeros, que han cruzado el bosque en busca de otras tierras donde vivir, han escuchado los gritos de una mujer llamando a sus hijos y el crujir de ramas sin que nada ni nadie las pise. 

Espero que te haya gustado. Gracias por tu visita.

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1.-La leyenda del pueblo sin sangre nueva.

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