Leyenda, Relatos

La leyenda de la mujer que calmó al mar

Hoy es un día muy especial para los marinos de profesión, que como muchos otros, también disponen de un día en el calendario para celebrar y se conoce como Día de la Gente de Mar, una fecha proclamada por la Organización Marítima Internacional en la Conferencia de Manila 2010. No es ni más ni menos que un día oficial de las Naciones Unidas.

El objetivo de celebrar este día es reconocer la gran esfuerzo, trabajo y aportación que realizan la gente de mar .

Es tarea de todos los que estén relacionados con el mar promover este día y difundir a nivel internacional las posibles mejoras de condiciones de trabajo y de vida de esta gente de mar.

Para difundir este día, la celebración se relaciona cada año con una temática diferente y este está relacionada con la igualdad de género bajo el lema: “I Am On Board with gender equality” “A bordo con Igualdad de Género”. Si deseas buscar información en redes sociales, podrás usar el hashtag: #IAmOnBoard. Entre esta Gente de Mar no solo encontramos hombres, sino también mujeres que se dejan la piel de igual manera.

Por eso quiero hacer un humilde homenaje desde mi blog con esta leyenda, titulada: La mujer que calmó al mar.

Una fuerte tempestad asolaba el mar de los pescadores. Así se conocía a uno de los mares más bravíos de la zona norte de Japón. Las olas se entrelazaban unas con otras rompiendo en la orilla con la fuerza de un ciclón. La espuma blanqueaba la arena de la playa, desierta por la ausencia de bañistas.

El mar de los pescadores

Alumnos meses eran más terribles que otros, pero estaba febrero que ganaba cualquier partida. Los fuertes vientos, las bajas temperaturas y los celos desmesurados de la luna por no poder tocar las aguas conseguían que este mes fuera el más temido por los pescadores. La gran mayoría de ellos se negaban a partir y preferían doblar turnos en meses anteriores y posteriores. Sin embargo, esa medida era un lujo que Namikai no se podía permitir. Durante el mes de enero, una enfermedad obligó a su marido a permanecer en cama varias semanas, sin poder salir a pescar. La despensa y el frigorífico se hundían en el vacío. Era necesario salir a pescar, a pesar de haberse adentrado en la primera semana de febrero. Durante varios días escucho las plegarias de su esposo:

—Namikai, no vayas a pescar tú sola. Mira que el mes de febrero es tempestuoso y no favorece a nadie.

—Conmigo lo hará, Haruki . No en vano recibí el mejor de los nombres: Namikai, olas de mar. Todo saldrá bien.

Y cargando los últimos víveres, Namikai se adentró en las frías aguas del mar de los pescadores junto a su único hijo, Mitsuni, de tan solo ocho años de edad. Cada uno se encargaba de echar y recoger sus redes a ambos lados del barco, satisfechos del buen resultado que estaban teniendo.

—No parece que estemos en febrero, madre, el día está buenísimo — dijo Mitsuni, usando sus fuerzas para subir la red rebosante de peces.

—No es el día lo que mas me preocupa, sino la salida de la celosa luna.

—¿Por qué te preocupa la luna, madre?

La celosa luna

—Hay una leyenda que dice que en el mes de febrero, la luna aproxima su trayectoria a la tierra y sus rayos son más intensos que en cualquier otro mes del año. Según cuentan los ancianos, es en este tiempo cuando la luna sueña con bañarse en las frías aguas del mar de los pescadores para absorber su poder.

— ¿Qué poder tiene?

—Cuando las mujeres deseamos ser madres nos bañamos en estas aguas en febrero y absorbemos su energía. Al poco tiempo, engendramos un hijo. Desde que la luna oyó esta leyenda desea también ser madre, pero su frustración va en aumento. Al ver que no consigue sus propósitos se venga del mar haciéndolo enfurecer y obligándolo a engullir a los barcos que por él navegan.

—Si esa leyenda es verdad, ¿por qué has decidido venir a pescar en pleno mes de febrero, madre?

—Este año ha tocado así, hijo. Esperemos que nada suceda.

Namikai y Mitsuni siguieron pescando toda la tarde y un rato antes del ocaso pusieron rumbo a casa. Una fría y fina lluvia comenzó a humedecer las ropas de nuestros pescadores. Mitsuni miraba al cielo, rezando para que no fueran más que inofensivas gotas. Sin embargo, Namikai sabía que aquello era solo el principio. Varias olas rompieron contra el casco de la barca e inundaron el fondo. Los movimientos de las olas revolvieron el estómago del pequeño y ambos rodaron varias veces de un lado a otro. Necesitaron amarrarse con cuerdas al poste central para no caer al agua.

—Asegura ese nudo, hijo —gritó Namikai.

La furia del mar estalló en un segundo, el cielo se tornó negro y una fuerte lluvia amenazó con hacerlos volcar. Namikai se arrodilló, sintiendo el agua por encima de su cintura. 

«La barca se va a pique», pensó.

Miró al cielo y le dedicó unas palabras al dios del mar, Susanno:

—Oye mi humilde voz, espíritu de la naturaleza, dios de las aguas del mar y señor de las tormentas. No te sientas amenazado por el dios de la luna, Tsukuyomi, pues su único deseo es permitirle se madre. Si calmas tu furia, te ofrezco mi compañía en un mes en el que deambulas solo entre estas aguas.

—¿Qué dices, madre? Padre se enfadará.

—Concédele a la luna su deseo más soñado —continuó Namikai, haciendo caso omiso a su hijo—, deja que se bañe en tus poderosas aguas y lograré que otros pescadores me acompañen. No temas los rayos de luna, que enfrían tus olas, ni el viento que manda a azotarte para que crezca tu ira. No quieras borrar su reflejo provocando tempestades, pues solo lograrás que aumente su furia. Cálmate y deja que la luna absorba tu poder. Solo así las cosas cambiarán.

En cuanto dio paso al silencio, el viento cesó, las aguas se aplacaron y los rayos de luna se posaron sobre la superficie del mar.

—Vamos, no dejes de remar — dijo Namikai a su hijo—, el dios Susanno nos ha dado una tregua.

A partir de entonces, el mar de los pescadores dejó de ser tan bravío, sobre todo en febrero y permitió que los barcos navegaran sin problemas. Ya no se teme al dios del mar ni tampoco al de la luna. Las mujeres salen a pescar con sus maridos o acompañada de otros que comparten su profesión. Y se sabe que desde ese momento, si logras mirar con atención, en medio de las aguas del mar de los pescadores, puede verse junto a la luna otra mucho más pequeña y tenue a su lado. Su madre la mantiene casi oculta, para que nadie ose molestarla.

Leyenda dedicada a la gente de mar. Espero que os guste.

También os pueden interesar estas otras leyendas:

1.-El pueblo sin sangre nueva.

2.-Los sacacuartos.

3.-Los buscadores de piel.

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La leyenda de los buscadores de piel

Leyenda de los buscadores de piel, fantasialg
Leyenda inédita escrita por Luisa García

En un país lejano del que apenas se ha oído hablar, existe una leyenda que sigue cumpliendo su función principal: hacer reflexionar a los niños sobre el hecho de obedecer a los mayores.

Esta leyenda habla en particular de las mamás y dice así:

Cuentan los ancianos que, en un bosque sombrío y carente de vida humana, una mujer encontró el lugar perfecto para vivir con sus dos hijos pequeños: Culén, de ocho años de edad y la dulce Ivyn, de tan solo cuatro. Acababan de abandonar el pueblo donde habían nacido porque Bianca, la mamá, estaba en busca y captura por el robo de cinco hogazas de pan. Mientras los pequeños recogían leña para resguardarse de la fría y larga noche, su madre recolectaba todos los frutos comestibles que encontraba a su alrededor. Cuando llenó el delantal que colgaba de su cintura, volvió al lugar elegido como el nuevo hogar.

—Prepararemos una choza de finas ramas para dormir, ¿qué os parece? — sugirió Bianca. 

Los niños estaban asustados y temían que al llegar la noche, los ruidos del bosque, el movimiento de los animales y el aleteo de las aves empeorarían sus miedos.

— Queremos volver a casa — contestó Culén con un leve titubeo en los labios. 

La madre hizo caso omiso a las palabras del niño y comenzó a construir el refugio. Cantaba una canción animada, para que sus hijos se encontraran cada vez más a gusto. Después de un rato trenzando hojas y colocando ramas estas se terminaron y Bianca decidió ir a buscar más. Aún quedaba tiempo para la puesta de sol. 

— Quedaros aquí sentados frente al fuego. No os mováis ni os acerquéis a las llamas, ¿de acuerdo? —ordenó Bianca.

—No te vayas, mami. Tengo miedo —aseguró Ivyn.

—No tardaré más que unos cuantos minutos, te lo prometo. 

—¿Y si vamos contigo? — sugirió Culén. 

—No podemos dejar el fuego solo ni tampoco el refugio, podrían destrozarlo los animales del bosque. 

Bianca se adentró entre los altos y frondosos árboles dejando a los pequeños al rededor de la hoguera. 

Pasaron varias horas y Bianca no volvía. Los pequeños comenzaban a desesperar.

—Si buscamos ramas acabaríamos antes y mamá podría volver con nosotros —dijo Culén, mirando con atención a su hermana.

—Mamá dijo que nos moviéramos de aquí.

—Lo sé, Ivyn, pero no pasará nada, ya lo verás. Ven.

Culén sujetó la mano de su hermana y ambos se fueron por el mismo camino que había seguido su madre. Recogían cada rama que veían y se la colocaban bajo el brazo. Escucharon ulular a varias lechuzas y el cantar de diferentes pájaros. Pasado un tiempo, sentían los brazos cansados por el peso de las ramas y decidieron que ya tenían suficiente. 

—Seguró que mamá está a punto de regresar, así que nosotros también lo haremos —dijo Culén. 

En ese instante, una rama crujió y los dos se volvieron asustados hacia el lugar del que procedía el ruido. 

—Buenas tardes, preciosos niños. 

Una señora de avanzada edad, vestida con capa negra, ropas oscuras y raídas, se acercó a los pequeños. Con las manos tiznadas y las uñas cargadas de mugre, trató de acariciar el dulce rostro de Ivyn, que de inmediato dio un paso atrás. 

—¿Estáis perdidos en el bosque de los buscadores de piel? —preguntó la mujer.

—No —contestó rápido Culén—. Estamos esperando a nuestra madre. 

—¿Has dicho «el bosque de los buscadores de piel»? —preguntó asustada Ivyn. 

—En el estáis. ¿No habéis oído hablar de él?

Los niños movieron la cabeza en señal de negación. 

—Cuando los muertos pierden la piel —comenzó a explicar la anciana— se guarecen en este bosque, con una única finalidad: regresar al mundo de los vivos. 

—¿Y dónde encuentran la piel? —quiso saber la pequeña.

—En los humanos desobedientes que se adentran en estos parajes, como vosotros. 

La voz de la anciana retumbó entre los troncos de los árboles y el viento la la devolvió varios segundos después. La joroba de su espalda la hacia inclinarse de tal forma que los niños sentían cada vez más cerca su aliento. No dejaba las manos en quietas y trataba de tocar a los hermanos en todo momento. 

—Quiero irme —dijo Ivyn. 

—Ya no puedes —contestó la anciana.

Enseguida se irguió y tiró la capa que la cubría al suelo. Un cuerpo esquelético y sin piel se asomó a través de la desgastada ropa. Los niños gritaron con fuerza, pero no tuvieron tiempo de escapar. Los huesudos dedos de la mujer agarraron a los chicos por los brazos y de inmediato aparecieron en la cueva de la anciana, donde casi una docena de esqueletos aguardaban pacientemente la llegada de piel fresca. 

Nadie sabe qué pasó con aquellos niños ni tampoco con Bianca, cuando descubrió que sus hijos no estaban donde ella los había dejado. Lo único que se conoce del final de esta leyenda es que muchos viajeros, que han cruzado el bosque en busca de otras tierras donde vivir, han escuchado los gritos de una mujer llamando a sus hijos y el crujir de ramas sin que nada ni nadie las pise. 

Espero que te haya gustado. Gracias por tu visita.

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¿Qué opino del blog?

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La leyenda del pueblo sin sangre nueva (día del niño)

La leyenda del pueblo sin sangre nueva

Se acerca el día del niño y se me ha ocurrido dedicarles una leyenda inédita: La leyenda del pueblo sin sangre nueva. Espero que os guste.

Existió en la antigüedad un pueblo situado a orillas del río Guaris que llevaba muchos años sumergido en la más profunda tristeza, pues el habitante más joven rondaba los cincuenta. El tiempo se había detenido cuando los únicos habitantes eran ancianos, no quedaban jóvenes para tener familia y ningún niño correteaba por las calles.

Todos vivían una soledad permanente y los de más edad tenían pesadillas por ser conscientes del fin de su descendencia.

Una mañana de mayo llegó al pueblo un señor muy extraño. Vestía ropas extravagantes y en su amplio sombrero marrón oscuro se posaban cuatro pájaros de distintos colores, con una extenso arcoíris en las plumas de sus alas. Cada uno de ellos se sujetaba a un comedero lleno de semillas.

Sabedor de la atención que le prestaban aquellos que se encontraban en la plaza, el visitante se quitó con suma delicadeza el sombrero y lo colocó sobre el agua de la fuente. Enseguida los cuatro batieron sus alas y comenzaron a beber.

El señor extraño se quitó también la chaqueta y la dejó caer en el banco más cercano. Después con voz grave se dirigió a su público:

—Ha llegado a vuestros hogares el mejor cuentacuentos del mundo, Berto el de los cuentos. Buenos días tengan mis bellas damas, mis simpáticos caballeros y mis traviesos niños…

Al pronunciar la última palabra, el señor buscó con la mirada a los más pequeños, sin embargo, no encontró a ninguno. Miro uno a uno a los presentes y le sorprendió ver qué todos eran ancianos.

—¿Qué clase de espectáculo es este? —preguntó más bien a sí mismo—. ¿Acaso hay en este hermoso lugar mejor artista que un servidor para mantener a los jóvenes y niños lejos de la plaza?

Varias mujeres rompieron a llorar y corrieron hacia sus casas. Otras bajaron la mirada y los demás mostraron su disgusto por la ignorancia tan grande de aquel visitante.

—¿No ha oído hablar del pueblo sin niños? —gritó un vecino—. Nos llaman el pueblo sin sangre nueva.

—Disculpe señor, pero vengo de muy lejos, del lugar más frío del planeta, y he parado aquí por casualidad. ¿Sería tan amable de contarme qué pena os aflige?

—Hace muchos años —comenzó a hablar un señor barbudo—, una malvada bruja quiso gobernar el reino a su antojo. Reclutó a todos los jóvenes y los obligó a luchar contra el rey. Perdió la batalla en tan solo dos días, pero seguía empeñada en derrotar al rey. Entonces busco la forma de hacerse con un nuevo ejército reuniendo a hombres y mujeres de cualquier edad. No esperaba encontrarse con la negativa de todos los habitantes del reino y por ello nos echó una terrible maldicion. Hizo desaparecer a toda la población menos de cincuenta años e invocó a sus dioses para que los que quedáramos no muriéramos jamás. Tampoco podemos salir de aquí para pedir ayuda o buscar a nuestra familia perdida. Usted es la primera persona que llega al pueblo desde entonces. Hace muchos años que no sabemos nada de nuestra gente.

—¡Qué historia tan triste contáis! No puede haber futuro sin gente joven. ¿Cómo voy a contar mis cuentos para niños, si no hay niños? ¿Cómo voy a vender mis libros a padres que cuentan cuentos a sus pequeños antes de dormir, si no hay padres? Deseo de corazón ayudaros y para eso necesito encontrar a la bruja que os hechizó. ¿Alguien sabe cómo localizarla? —preguntó el cuentacuentos.

—Por supuesto —contestó uno de los ancianos—. Tras la maldición despojó a la realeza de sus posesiones y se adueñó del palacio real.

—Excelente. Iré a visitarla.

El señor cuenta cuentos recogió su sombrero de la fuente e inmediatamente los pájaros volvieron a colocarse sobre los comederos. Se puso de nuevo su chaqueta y se dirigió rumbo a palacio.

En cuanto entró por la puerta principal dos enormes lobos negros vinieron a su encuentro seguidos de una docena de soldados con espada en mano.

—¿Quién osa interrumpir la mañana de mi señora? —preguntó un soldado.

—Un humilde servidor que quiere obsequiarla con mis pájaros mágicos, señores —contestó Berto—. Hacédselo saber a la dueña del palacio por si fuera de su interés.

Los soldados intercambiaron miradas sin saber muy bien cómo proceder. Uno de ellos guardó su espada y silenció a los lobos.

—Iré a decírselo. Espera aquí.

Nadie se movió de sus puestos. Pasado un rato volvió el soldado y se acercó al visitante.

—Mi señora lo atenderá. ¡Sígame!

El cuentacuentos no había visto nunca un palacio por dentro, pero estaba totalmente seguro de que el aspecto de aquel se había deteriorado con el paso del tiempo. La bruja no se había encargado de mantenerlo limpio ni ordenado. Parecía tan sombrío como ella. Caminó sobre una larga alfombra roja, manteniendo la mirada fija en la mujer que permanecía sentada en uno de los tronos reales al final del salón.

—¿Qué magia tienen esos pájaros? — preguntó la bruja tuvo al visitante frente a frente.

—Los cuatro tienen el poder de conceder cualquier deseo que pida siempre que sepa de qué color es.

—No lo entiendo. ¡Explícate mejor! —le ordenó.

—Por supuesto. Los deseos, al igual que los objetos, tienen colores. No es algo sencillo de ver, pero si usted puede apreciarlo y se lo pides al pájaro adecuado, él se lo concederá. Klico concede los deseos azules —dijo señalando al pájaro de cuerpo azulado—. Plesi, los deseos rojos. Este es Angús, atiende a los deseos amarillos y Flubi, los negros.

—¿Y si me equivoco?

—No pasa nada. Tienes tres oportunidades más —aclaró Berto.

—¿Y puedo intentarlo las veces que quiera?

—¡Claro! —contestó él.

—¿Dónde está la trampa? —quiso saber la bruja.

—No la hay señora, únicamente debe pagar una prenda.

—¿Cómo que una prenda?

—Antes de pedir el deseo debe deshacer una maldad que haya hecho con antelación. Después debe averiguar el color de su deseo y pedírselo al pájaro cuyo cuerpo tenga el mismo color. Si lo acierta conseguirá su deseo, si falla deberá repetirlo.

—¿Qué ocurrirá si mi deseo tiene un color diferente a estos cuatro pájaros?

—No debe preocuparse por eso pues cada uno de ellos atiende los deseos de un color secundario.

—Está bien. Quiero probar.

—Aguarde un momento, señora. Debo decirle algunas cosas antes de dejarle a mis pájaros:

  • durante 24 horas podrá pedirles todos aquellos deseos que quiera a cambio yo le diré la primera maldad que quiero que anule.
  • una vez que haya anulado la maldición no podrá volver a restaurar la o la ira de los cuatro pájaros descenderá sobre usted
  • bajo ningún concepto puede tocarlos, o volarán raudos hacia mi presencia.

  Tras aclararle las reglas del juego, Berto esperó pacientemente a que la bruja se decidiera.

—¿Acepta? —preguntó al fin.

—Acepto —exclamo la bruja—. ¿Qué maldición deseas que anule?

—Deseo que rompa la maldición que sufren los habitantes del pueblo sin sangre nueva.

—Pero… no puedo hacer eso. Me traicionaron. Imposible, pide otra cosa.

—Lo siento, señora, es la única condición que pongo para dejarle mis pájaros mágicos.

Tan avariciosa y mezquina era la bruja que no supo ver el engaño del cuentacuentos, solo pensaba en tener en su poder aquellos cuatro pájaros mágicos cargados de brillos, destellos y colores tan alucinantes que hipnotizaban. Con un extraño movimiento de manos y unas palabras cargadas de odio y crueldad rompió la maldición que había pronunciado décadas atrás. Berto le dejó el sombrero con los cuatro pájaros mientras veía como los ojos de la bruja brillaban de maldad.

  Minutos más tarde, el cuentacuentos entró en el pueblo sin sangre nueva. Caminó hacia la plaza deseando que su truco hubiera funcionado. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio la plaza llena de gente de todas las edades. Se abrazaban unos a otros y pronunciaban a voces sus nombres. Se besaban y lloraban de emoción pues el pueblo sin sangre nueva volvía a reunir a toda su gente: niños, jóvenes y ancianos que seguirían su curso como todo el mundo. La maldición se había roto y la alegría volvía a unos corazones cansados de tanto sufrimiento. Mientras, en palacio, la bruja se desesperaba por no saber el color de sus deseos  ya que se lo preguntará al pájaro que fuera, ninguno lo convertía en realidad.

Gracias por tu visita y hasta la próxima.