El reencuentro.

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     El autobús con destino a Matalascañas acababa de iniciar su viaje. En esta ocasión treinta y siete jubilados habíamos elegido el destino más típico en los meses de verano. Pasar un día entero en la playa tenía sus inconvenientes, pero también tenía muchas ventajas y a mí me encantaba este tipo de excursiones. Me había sentado junto a Manuela, mi amiga de toda la vida, con la que seguía compartiendo muchas risas y buenos momentos.

—¿Has visto quién está sentada ahí detrás y con quién? —murmuró Manuela.

   Yo volví la cabeza al mismo tiempo que recibía un codazo por parte de mi amiga.

—¡No te gires ahora! Van a decir que estamos hablando de ella.

  Hice como que contaba los viajeros del autobús y cuando llegué al lugar de Isabel, me contestó:

—Treinta y siete, Claudia, vamos treinta y siete.

  Yo sonreí. Un hombre la acompañaba, pero en ese instante miraba por la ventanilla y no pude distinguir su cara.

—Ah, gracias. Vamos muchos, esta vez —dije tratando de alzar un poco la voz para ver si el hombre volvía la vista hacia mí.

—Es cierto. Lo pasaremos bien.

  Fue entonces cuando lo vi. Estaba allí, a escasos centímetros. Me miró y dibujó la misma sensual sonrisa que guardaba celosamente en mis recuerdos.

—Hola Claudia. ¿Te acuerdas de mí?

—¡Luis! No te había reconocido. ¡Cuánto me alegro de verte!

—Coincido contigo.

—Cuando bajemos te saludo, ¿de acuerdo?

—Cómo no.

  Mis piernas temblaban, mis manos sudaban y lo único que me apetecía era salir de aquel autobús para estar cerca de él. En cambio, debía conformarme con la banal conversación de mi compañera de asiento.

—Manuela, si no te importa voy a tratar de dormir un poco. Me siento cansada de tanto madrugar.

  Mentí y me dolió haberlo hecho, pero necesitaba pensar o más bien recordar.

   Cerré los ojos y la oscuridad me trasladó a mis dieciocho años, cuando aún vivía con mi familia. Luis era jornalero en las bodegas de mi padre, y desde el primer día que llegó le espiaba por la ventana de mi habitación. Era el hombre más guapo y apuesto que había visto en toda mi vida.

  Mi madre tenía la costumbre de preparar agua de limón para los jornaleros. Le llevaba una jarra bien fría a eso de las doce de la mañana, y ellos trataban de refrigerar con un gran vaso, sus gargantas resecas por el sol. Un día le pedí que me dejara hacerlo yo y fue la primera vez que hablé con él. Su voz era varonil pero dulce; sus palabras escasas pero amables; sus miradas directas pero educadas; sus cumplidos corrientes pero seductores. Así pasé todo el mes de septiembre, mes de vendimia, sin más conversación que la que se producía en el momento de llevarle el agua con limón.

  En ocasiones, al ofrecerle el vaso, él rozaba mi mano, quiero pensar que conscientemente, y unos escalofríos recorrían todo mi cuerpo, desde la punta de mis cabellos hasta mis delicados pies. Los mejores momentos eran los personales. Antes de dormir leía una de mis novelas románticas favoritas, donde un bravo pirata secuestraba a una dama de la corte y la escondía en las bodegas de su barco. Durante el viaje, bajaba continuamente a hablarle de sus sentimientos y trataba inútilmente de seducirla. Para ella no era más que un sucio y maloliente rufián que pretendía conseguir el mejor de los tesoros, ella. Entonces, imaginaba que yo era esa dama y Luis el pirata que no perdía la oportunidad de hablarme de su amor, pero en esta historia yo sí le permitía seducirme y a la luz de la luna vivíamos toda clase de aventuras.

  Un día recibí la peor noticia que se puede esperar. Luis era un hombre casado y tenía un hijo. No recuerdo cuánto tiempo pasé encima de mi cama llorando amargamente por el final de algo que ni siquiera había tenido la oportunidad de empezar. A la mañana siguiente me levanté y les dije a mis padres que quería irme a estudiar. Lo único que importaba no era el qué, sino salir de aquel lugar y tratar de poner distancia. Un corazón ciego, es un corazón insensible y ese sería mi objetivo principal: cegarlo cuanto antes.

  Jamás lo volví a ver ni a saber nada de él. Partí, como el barco pirata partía del puerto tras secuestrar a la dama, y me sumergí en un mar amplio donde no cabía más que el olvido.

  El autobús llegó a su destino. Me había dormido sin darme cuenta y sentí mariposas aleteando en mi estómago al pensar que en cuanto saliera, él se acercaría a mí y tendríamos la oportunidad de hablar.

  Los dos monitores que nos acompañaban habían alquilado sombrillas para todos nosotros. Isabel me pidió que nos pusiéramos con ellos dos, y me sentí encantada.

  Sentados en la playa me enteré que Luis había quedado viudo hacía más de una año y que su único hijo trabajaba en Londres. Pasaba todo el día solo, lejos de la única familia que le quedaba, su hermana Isabel. Así que había decidido venir a vivir con ella. El primer día que llegó se enteró que lo había inscrito al viaje de Matalascañas y allí estábamos, riendo con sus historias y su forma tan graciosa de contarlas. Aquel fue el mejor día, no solo del verano, sino de toda mi vida. Nos quedaba mucho por vivir y teníamos la oportunidad de hacerlo juntos.

  Yo había tratado de consolarme, durante todos estos años, pensando que Luis no había nacido  para mí. Sin embargo, eso no era cierto. Solo había que esperar.

Concurso zenda.

 

Su primer verano.

Amores de Verano.
Relato que participa en el concurso de Zendalibros.com

  Los granos de arena se introducían por dentro del bikini de Alicia, mi pequeña de casi tres años de edad. Sentada frente a su imaginario castillo de arena, acababa de comprobar que por muchas veces que fuera a la orilla y las olas le retiraran toda la arena que llevaba pegada, en cuanto se sentaba, se volvía a embadurnar de nuevo. Así que desistió y continuó con su divertido juego.

 Me encontraba tan cerca de ella que, en ocasiones, la arena que volcaba sobre el castillo, iba a parar a mis pies.

—Mami, necesito espacio —me decía riendo.

 Mi niña… era ahora tan feliz. Hacía ya dos meses que habíamos dejado atrás nuestras vidas junto a él, mi marido, aquel que un verano creí que sería el amor de mi vida. Sin quererlo, mis ojos se posaron en su pequeño lóbulo derecho, ya casi totalmente cicatrizado, sin poder usar aún pendientes. Mi memoria regresó dolorida a aquel día. Sentadas en la cocina, mi pequeña había decidido que cenaríamos croquetas con ensalada. Mientras colocaba las últimas en el plato, él se acercó a mí por la espalda y comenzó a besarme el cuello. En menos de dos segundos sopesé la situación: si le dejaba hacer, se me quemarían las croquetas y el aceite saldría ardiendo; si le decía, aunque fuera amablemente, que aguardara un instante, se enfadaría y podría imaginar dónde acabaría la sartén con el aceite hirviendo. Lo primero que se me ocurrió fue dejarle continuar, al mismo tiempo que apartaba la sartén y vertía el aceite por el fregadero.

—¿Qué haces, loca? ¿Por qué tiras las croquetas? ¿Te salen gratis? —preguntaba mientras me daba golpes en la cabeza.

  Entonces mi pequeña se acercó a él, pidiéndole que no me hiciera daño. Él se volvió y la cogió por la oreja. Yo trataba de calmarlo pero su furia se había encendido igual de rápida que la llama de un mechero. La sujetó con fuerza y la lanzó contra el pasillo. Jamás la había escuchado llorar con tanta fuerza.

—¿Qué tienes en la mano? —le pregunté, sabiendo con toda seguridad lo que guardaba dentro.

  Él sonreía y se acercaba a mí. Mi niña gritaba de dolor, en un lugar donde no podía verla. Entonces él se detuvo, me enseñó el puño cerrado y después de unos segundos lo abrió. El diminuto pendiente de mi pequeña se encontraba en el centro de su palma. Lo tiró al suelo, cogió el plato de croquetas y se fue a sentar en el sofá, encendiendo la televisión para ver un partido de fútbol.

  Estaba de sobra pedirle que nos llevara a urgencias para que le cosieran la herida de su lóbulo, así que me la llevé a mi habitación y traté de curarla lo mejor que pude. Solo encontraba consuelo en mis brazos y mientras la acunaba, una fuerza extraña se apoderó de mí. Esa sería la última vez que me pondría la mano encima y a su hija no volvería a tocarla jamás. Abrí el cajón de mi mesilla y extraje del contenedor dos relajantes. Separé las dos partes de las cápsulas, vertí un poco de agua en un botecito pequeño y dentro coloqué los polvos que lo mantendrían dormido el tiempo suficiente para que las dos pudiéramos salir de la casa sin que se diera cuenta. Con el bote en la mano me di cuenta que lo realmente difícil seria verter el contenido en algo que él se bebiera.

  Mi niña se había quedado dormida, así que decidí salir y averiguar qué hacer a continuación. Pasé por el salón, pero él ni me miró. Entré en la cocina y actué como si continuara haciendo la cena.

  Es curioso, pero a veces, cuando más lo necesitas, la vida coloca todos los elementos en su sitio para que ocurra precisamente lo que debe ocurrir.

—¿Trae una cerveza? —gritó desde el sofá.

  De pronto sentí un aleteo de mariposas en el estómago. No era normal que pudiera tener tanta suerte. Enseguida abrí el frigorífico, saqué una cerveza bien fría, le quité el tapón y le vertí, lo más rápido que pude, el contenido del frasco. No podía darle vueltas porque correría el riesgo de sacarle mucha espuma, así que recé para que no notara sabor alguno.

  No sabía el tiempo que debía esperar hasta que se durmiera. Yo solía tomarme una cápsula, pero a veces tardaba bastante en quedarme dormida. Pero él llevaba dos relajantes. Se suponía que le haría efecto pronto. Y así fue.

  No me atrevía a hacer nada sin asegurarme de que estaba totalmente dormido, así que lo llamé varias veces y al ver que no contestaba lo zarandeé otras tantas. Nada, ni se movía.

  Entonces corrí hacia mi habitación, metí en un pequeño bolso lo necesario para varios días, tanto de mi niña como mío, cogí en brazos a Alicia y salimos de la casa. En cuanto encontré una cabina de teléfonos llamé al 016 y encontré la paz.

  Han pasado dos meses desde aquello y  aún me cuesta pasar un día entero sin recordar mi vida anterior, pero ahora todo es diferente. Las chicas con las que vivía, aquellas que habían sufrido situaciones parecidas, disfrutábamos de un día en la playa. Era la primera vez que mi pequeña veía el mar y en mí, una sonrisa constante.

   Ese verano, ella era mi amor verdadero, lo había sido desde que nació, ahora no necesitaba nada más.

   Relato escrito por Luisa García.

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