Leyenda, Relatos

La leyenda de los buscadores de piel

Leyenda de los buscadores de piel, fantasialg
Leyenda inédita escrita por Luisa García

En un país lejano del que apenas se ha oído hablar, existe una leyenda que sigue cumpliendo su función principal: hacer reflexionar a los niños sobre el hecho de obedecer a los mayores.

Esta leyenda habla en particular de las mamás y dice así:

Cuentan los ancianos que, en un bosque sombrío y carente de vida humana, una mujer encontró el lugar perfecto para vivir con sus dos hijos pequeños: Culén, de ocho años de edad y la dulce Ivyn, de tan solo cuatro. Acababan de abandonar el pueblo donde habían nacido porque Bianca, la mamá, estaba en busca y captura por el robo de cinco hogazas de pan. Mientras los pequeños recogían leña para resguardarse de la fría y larga noche, su madre recolectaba todos los frutos comestibles que encontraba a su alrededor. Cuando llenó el delantal que colgaba de su cintura, volvió al lugar elegido como el nuevo hogar.

—Prepararemos una choza de finas ramas para dormir, ¿qué os parece? — sugirió Bianca. 

Los niños estaban asustados y temían que al llegar la noche, los ruidos del bosque, el movimiento de los animales y el aleteo de las aves empeorarían sus miedos.

— Queremos volver a casa — contestó Culén con un leve titubeo en los labios. 

La madre hizo caso omiso a las palabras del niño y comenzó a construir el refugio. Cantaba una canción animada, para que sus hijos se encontraran cada vez más a gusto. Después de un rato trenzando hojas y colocando ramas estas se terminaron y Bianca decidió ir a buscar más. Aún quedaba tiempo para la puesta de sol. 

— Quedaros aquí sentados frente al fuego. No os mováis ni os acerquéis a las llamas, ¿de acuerdo? —ordenó Bianca.

—No te vayas, mami. Tengo miedo —aseguró Ivyn.

—No tardaré más que unos cuantos minutos, te lo prometo. 

—¿Y si vamos contigo? — sugirió Culén. 

—No podemos dejar el fuego solo ni tampoco el refugio, podrían destrozarlo los animales del bosque. 

Bianca se adentró entre los altos y frondosos árboles dejando a los pequeños al rededor de la hoguera. 

Pasaron varias horas y Bianca no volvía. Los pequeños comenzaban a desesperar.

—Si buscamos ramas acabaríamos antes y mamá podría volver con nosotros —dijo Culén, mirando con atención a su hermana.

—Mamá dijo que nos moviéramos de aquí.

—Lo sé, Ivyn, pero no pasará nada, ya lo verás. Ven.

Culén sujetó la mano de su hermana y ambos se fueron por el mismo camino que había seguido su madre. Recogían cada rama que veían y se la colocaban bajo el brazo. Escucharon ulular a varias lechuzas y el cantar de diferentes pájaros. Pasado un tiempo, sentían los brazos cansados por el peso de las ramas y decidieron que ya tenían suficiente. 

—Seguró que mamá está a punto de regresar, así que nosotros también lo haremos —dijo Culén. 

En ese instante, una rama crujió y los dos se volvieron asustados hacia el lugar del que procedía el ruido. 

—Buenas tardes, preciosos niños. 

Una señora de avanzada edad, vestida con capa negra, ropas oscuras y raídas, se acercó a los pequeños. Con las manos tiznadas y las uñas cargadas de mugre, trató de acariciar el dulce rostro de Ivyn, que de inmediato dio un paso atrás. 

—¿Estáis perdidos en el bosque de los buscadores de piel? —preguntó la mujer.

—No —contestó rápido Culén—. Estamos esperando a nuestra madre. 

—¿Has dicho «el bosque de los buscadores de piel»? —preguntó asustada Ivyn. 

—En el estáis. ¿No habéis oído hablar de él?

Los niños movieron la cabeza en señal de negación. 

—Cuando los muertos pierden la piel —comenzó a explicar la anciana— se guarecen en este bosque, con una única finalidad: regresar al mundo de los vivos. 

—¿Y dónde encuentran la piel? —quiso saber la pequeña.

—En los humanos desobedientes que se adentran en estos parajes, como vosotros. 

La voz de la anciana retumbó entre los troncos de los árboles y el viento la la devolvió varios segundos después. La joroba de su espalda la hacia inclinarse de tal forma que los niños sentían cada vez más cerca su aliento. No dejaba las manos en quietas y trataba de tocar a los hermanos en todo momento. 

—Quiero irme —dijo Ivyn. 

—Ya no puedes —contestó la anciana.

Enseguida se irguió y tiró la capa que la cubría al suelo. Un cuerpo esquelético y sin piel se asomó a través de la desgastada ropa. Los niños gritaron con fuerza, pero no tuvieron tiempo de escapar. Los huesudos dedos de la mujer agarraron a los chicos por los brazos y de inmediato aparecieron en la cueva de la anciana, donde casi una docena de esqueletos aguardaban pacientemente la llegada de piel fresca. 

Nadie sabe qué pasó con aquellos niños ni tampoco con Bianca, cuando descubrió que sus hijos no estaban donde ella los había dejado. Lo único que se conoce del final de esta leyenda es que muchos viajeros, que han cruzado el bosque en busca de otras tierras donde vivir, han escuchado los gritos de una mujer llamando a sus hijos y el crujir de ramas sin que nada ni nadie las pise. 

Espero que te haya gustado. Gracias por tu visita.

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