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Guardianes de Arkanshía (Capítulos 1 y 2)

Guardianes de Arkanshía, escrito por Luisa García Martínez
Novela de fantasía juvenil

Sinopsis:

Tras el Pórtico de cruce, Eidyn y Dana encuentran una forma de vida diferente, un lugar al que pertenecen y del que jamás debieron salir. El sabor dulce de la victoria, conseguida hace apenas unas semanas, se torna ácido, y una terrible profecía anuncia el fin de los días. Su mundo vuelve a estar en peligro, y los gemelos deberán hacer frente a nuevos retos.

El cambio, la muerte de su madre adoptiva, la separación de Gema y la verdad sobre su origen mantienen a Eidyn sumido en una profunda tristeza. Si no la supera pronto, perjudicará gravemente a su guardiana.

Por las venas de Dana corre sangre estelar cargada de magia, poderes y virtudes que solo una personalidad fuerte puede desarrollar. Su único consuelo es saber que no está sola, pues los guardianes de Arkanshía potencian su don.

¿Será suficiente para salvar el planeta? ¿Lograrán los gemelos devolver la paz a todos los arkanshianos?

Encabezado: 

Llegará la luna de fuego

en tiempos venideros,

cuando la estrella que más brilla

opacará su trasiego.

Cuando los habitantes de mentes abiertas

crucen los reinos vecinos

ya no habrá retorno

ni futuro ni destino.

Renacerá lo ya muerto

y la oscuridad asolará todo paisaje.

No existirán los días ni las noches.

solo un hilo continuo

de desolación absoluta.

Profecía del Libro I de Theimushim

 

Capítulo 1

El dolor es tan personal que nadie puede

ahorrarte un segundo, quitarte un pedazo o cambiarlo de color.

La espesa niebla de la mañana presagiaba una tarde de paseo para los habitantes del reino de Ánkorax. Dana fue la primera en buscar un agradable plan después de desayunar y, montando a su guardiana Talina, se dedicó a surcar los cielos. Le encantaba el contacto con su unicornio y sentir el viento acariciando su rostro.

  Eidyn, en cambio, prefería la soledad de su habitación y regresó a ella portando bajo el brazo un libro de la biblioteca de sus padres que le había llamado mucho la atención: Las aves del reino, escrito por Adriano Melado.

  Perdió una hora de su tiempo intentando leer, pues aunque en ocasiones le resultaba entretenido, la melancolía que últimamente se estaba apoderando de su alma, volvía a hacer mella. Así que se levantó de la silla y salió de la habitación. Mientras caminaba por el pasillo, su primer pensamiento fue acercarse al cobertizo de las guardianas y disfrutar un rato de la compañía de Nerezu. Al pasar por el cuarto de las pinturas, se detuvo. Abrió la puerta, entró directo hacia la mesa donde se encontraba la Roca Gris, la destapó y se sentó, observándola. De repente dijo:

—¡Roca Gris, muéstrame a Gema!

  Como de costumbre, cientos de luces crearon una especie de tornado en el centro de la roca. Al principio brillaban con tanta intensidad que opacaban la imagen. Tras varios segundos de espera, quedó nítida. Gema estaba en clase de matemáticas, cogiendo apuntes.

—¡Detente! —ordenó.

  Pese a que la muchacha parecía concentrada, Eidyn sintió su tristeza en lo más hondo de su corazón.

 «¿Me echará de menos?», se preguntó.

  Tal vez no estuviera melancólica, sino que él mismo quería creerlo. Le resultaba muy doloroso sentirla tan lejos, verla solo a través de aquel artilugio, sin escuchar su risa ni sus bromas. La extrañaba mucho y la necesitaba cada vez más.

  Una lágrima resbaló por su mejilla.

«Tiene que ser así», se obligó a pensar.

  Experimentó un repentino deseo de realizar otra petición: «Roca Gris, muéstrame a mi madre Elena». Pero no podía hacerlo. La roca solo funcionaba con los seres vivos, y su madre ya no pertenecía a ese grupo.

«Mi madre», susurró.

  En las últimas semanas había desarrollado un gran afecto por Shara, su madre biológica, no obstante, había compartido casi quince años de su vida con Elena, a quien echaba muchísimo de menos. No resultaba fácil cambiar de vida de forma tan drástica.

  Cubrió de nuevo la roca y salió de la habitación, más desconsolado que antes de entrar. Se dirigió al cobertizo de la dragona y, nada más abrir la puerta, la descubrió sola, echada en el suelo, con un ala ocultando su rostro. Llevaba varios días con aquella actitud, desganada, sin apenas moverse ni siquiera para beber. Eidyn trataba de darle conversación, aun sabiendo que no le respondería más que con monosílabos.

—Hola, preciosa. Déjame verte.

  Nerezu apartó el ala. Estaba llorando.

—¿Me puedes decir qué te ocurre? Llevas días sin probar bocado, así enfermarás. ¿No te das cuenta?

  La dragona no contestaba. Angustiado, se aferró a su cuello y compartió lágrimas con su guardiana. Durante horas, le habló de Gema y de Elena, de lo duro que le resultaba vivir cada día sin verlas.

—Estoy rodeado de gente que me quiere y, a pesar de eso, me siento completamente solo, Nerezu. ¿Cómo puede ser? Vivir en soledad delante de tanta gente. ¿Me lo puedes explicar?

  Eidyn pensó por primera vez en que su dragona era el único ejemplar del planeta. Solo contaba con la compañía de Talina, un unicornio. Nada que ver con ella.

—Ay, amiga. Yo contándote mis penas sin percatarme de las tuyas. ¿Es eso lo que te pasa? ¿Te sientes sola? Parece que hace siglos que no volamos tú y yo, ¿verdad?

  En esta ocasión, Nerezu ni siquiera pestañeó.

—Me estás preocupando, amiga. ¿Qué puedo hacer por ti?

  Las puertas del cobertizo se abrieron. Dana entró con Talina, y ambas se sintieron desoladas.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué lloráis los dos?

—Nerezu sigue sin comer ni levantarse. Estoy muy preocupado.

—Será mejor que hablemos con el abuelo —propuso Dana—. Quizá él tenga alguna forma de reanimarla. Tal vez con un hechizo…

—Sí, es buena idea. ¿Puedes ir a avisarlo, por favor? No quiero dejarla sola.

—Claro. Enseguida regreso.

  Talina se acurrucó al lado de Nerezu, tratando de ofrecerle calor corporal. Ella también era consciente del estado de su amiga, y le preocupaba. Posó su cristalino cuerno sobre el cuello de la dragona, y cientos de destellos iluminaron el cobertizo. Lo único que consiguió fue que levantara una ceja. ¿Acaso estaba tan enferma que peligraba su vida? Resultaba extraño que el mágico poder de su cuerno no consiguiera el efecto deseado. La tristeza y la desilusión se sentían en el aire.

  Pasó un tiempo que a Eidyn se le hizo eterno y, en cuanto las puertas del cobertizo se abrieron, el abuelo entró raudo, observando detenidamente a Nerezu. No fue el único que acudió a la llamada. Shara, la reina, corrió hacia ella y la acarició. Ya no estaban solos, Dana llegó también acompañada de Amelia, la nana.

—¿Qué le pasa abuelo? —preguntó Eidyn, llorando.

—No lo sé, hijo. Déjame que analice la situación —respondió, dejando en el suelo el libro de Arkanshía.

  Durante un rato, Árkatos revisó cada centímetro del cuerpo de la dragona, deteniéndose en ojos, lengua, garras y escamas. No encontró nada preocupante. Aun así, cogió el libro y lo abrió por uno de los hechizos sanadores.

—Chicos, voy a precisar vuestra ayuda. Quiero tres piedras blancas del tamaño de un puño. —Los dos salieron corriendo—.  Amelia, una copa de barro llena de agua caliente, raíces y hojas de esventeria.

»Señora, traiga enseguida la Roca Gris, por favor. —Antes de que se fuera, Árkatos la sujetó del brazo—. Tenga paciencia, se lo ruego.

  Cada uno se encargó de buscar lo que se le había pedido y, para sobrellevar la espera, el abuelo se colocó de rodillas en el suelo, muy cerca de la dragona. Trazó con el dedo índice un círculo grande y, dentro de él, un triángulo equilátero. Dibujó tres elementos de la naturaleza, uno en cada vértice, y el cuarto lo situó en el centro. Recordó que, según los entes mayores, el Valle de Roca Gris, que está situado al este del reino, atrae a los vientos más puros del planeta, cargados de fuerza y poderes sobrenaturales.

  En cuanto Dana y Eidyn le trajeron las piedras, Árkatos las calentó con las palmas de sus manos y las puso en cada punto cardinal. El centro estaba destinado a la Roca Gris que trajo Shara. Al final solo quedaba rociar el círculo con el agua caliente de la copa de Amelia.

  El hechicero salió del dibujo, levantó los brazos y pronunció las siguientes palabras:

Los astros se iluminan

y señalan los desvíos,

son caminos que guían

los pensamientos míos.

Roca Gris, que aquí te hallas,

aclara esta dolencia;

deja que el mal se vaya

y cólmanos de paciencia.

Que lo oscuro, claro se vuelva.

Que el dolor desaparezca

y lo que era desconocido

se muestre como entendido.

 

—¿Y ahora qué, abuelo? —preguntó Eidyn, incapaz de soportar el silencio.

—Es mucho más serio de lo que imaginaba. La Roca Gris no contesta. ¿Se estará cumpliendo la profecía? —En cuanto terminó de decir la frase, se arrepintió.

—Ni lo menciones, por Andrelio —suplicó Shara.

—¿Qué es eso de la profecía, mamá? —preguntó Dana, intrigada.

—Nuestros antepasados aprovecharon las grandes capacidades del ente Theimushim y buscaron a los mejores cronistas del momento para que anotaran todas sus profecías, conocimientos y los hechizos más importantes. Lograron escribir dos libros y mantenerlos a buen recaudo durante muchas lunas, hasta que en una de las batallas perdimos el segundo. La biblioteca de Ánkorax guarda celosamente el Libro I en el que aparece una profecía que habla de una dragona guardiana del reino.

—¿Y qué dice esa profecía?

—Nada en particular. Solo que un día enfermará y nos costará un poquito de trabajo sanarla, eso es todo. —Árkatos había guiñado el ojo a Dana para que no siguiera hablando de un tema que, sin duda alguna, provocaría muchas angustias a Eidyn.

—Antes dijiste, abuelo, que la Roca Gris no contestaba. ¿Qué significa eso? ¿No sabe la respuesta? —Dana trató de desviar la conversación.

—Si la roca no desvela el mal de Nerezu es porque no es suyo. Eidyn, tu mascota está hechizada.

—¿Cómo que hechizada? ¿Por quién?

—No lo sé. Lo siento. Volveré a mi laboratorio y seguiré indagando. No te separes de ella y avísame si hay cualquier cambio.

—Te acompaño —contestó la reina, apesadumbrada por el sufrimiento de su hijo.

  En cuanto salieron del cobertizo, Shara detuvo al abuelo.

—Árkatos, ¿de verdad piensas que es la profecía de Theimushim?

—Voy a releerla. Quizá saque algo en claro.

—Yo invocaré al ente Padre, a ver si obtengo alguna res-puesta de su parte que pueda guiarnos.

—Buena idea, señora. Entre todos conseguiremos salvarla, puede estar segura.

—¡Que el ente Padre te oiga!

  Shara pasó el resto de la tarde delante del altar estelar. Colocó un mantel circular negro y sobre él sus elementos de invocación preferidos: dos candelabros con sus velas blancas al fondo y, entre ellos, la imagen del ente Padre; delante, otras dos velas pequeñas blancas y siete runas, aquellas que hacían referencia a los siete pilares de la magia (sal, cristales, agua, hierbas, ramas secas, vara y ofrendas); en el centro, una corona de ramitas de sándalo con una copa de barro llena de agua caliente. Una vez que todo estuvo preparado, se arrodilló a rezar e implorar la aparición del Padre, aunque no obtuvo respuesta alguna.

  El hechicero, por su parte, consultó el libro de Arkanshía al completo, sin sacar nada en claro. Entonces fue a la biblioteca y pasó el resto de la tarde leyendo el Libro I de Theimushim, intentando dar sentido a la profecía de la dragona, que decía lo siguiente:

Ese día brotarán las lágrimas

y el corazón de la guardiana dejará de latir;

las estrellas ocultarán su brillo

y ella dejará de rugir.

Se convertirá en carne de otra carne

y comida para cuerpos hambrientos.

Rogad los que tenéis alma

y suplicad con devoción,

pues la cura de su espíritu

radica en la comprensión.

  Nada explicaba el mal de la dragona, ni la profecía ni ningún hechizo del Libro I. La dolencia de Nerezu era tan desconocida que nadie disponía de su cura

  En el cobertizo, Eidyn y Dana se miraron mutuamente y compartieron sus pensamientos sin decir una sola palabra. No era necesario. Pasarían toda la noche allí, velando el sueño agitado de la dragona, procurando alimentarla y mojando de vez en cuando su boca con agua fresca.

  Petrus entró en la habitación conyugal y observó en silencio a su mujer. Permanecía de rodillas frente al altar, rezando. Esperó unos segundos y preguntó:

—¿Todavía no has obtenido respuesta?

—Nada. No entiendo por qué no se apiada de mis plegarias. ¡Hay tanto desasosiego en mi corazón! Mi hijo está sufriendo por la lejanía de Gema y la pérdida de su madre. Ahora su dragona… —Shara tuvo que obligarse a no terminar la frase para no atraer a la mala suerte.

—Vamos a la cama. Descansemos un poco. Quizá nos necesiten a lo largo de la noche.

—Ve tú. Yo seguiré rezando.

  Petrus estaba a punto de acostarse cuando un destello de luz iluminó la habitación.

—¡Petrus!

  En breve, la presencia del ente Padre se llenó de nitidez y le ofreció a la reina una disculpa.

—Hallar la razón por la que la guardiana del príncipe se encuentra en tan grave estado no ha sido fácil, aunque ya sabemos qué ocurre. Nerezu ha interiorizado la situación traumática de Eidyn. Si no supera la pérdida de su amada y la de su madre adoptiva, su guardiana no mejorará, y es muy posible que acabe con su vida. Vuestro hijo debe recomponerse.

—Entiendo, Padre, y aceptamos de corazón su sabio consejo. No obstante, ¿cómo podría recomponerse en tan poco tiempo?

—Debe buscar en su interior la fuerza del ente ángel. Tiene que activarla, o su futuro se verá truncado. Los entes mayores proveerán. Decidle que tenga paciencia.

—Muy agradecidos, Padre —contestó Petrus.

  El altar volvió a presentar el aspecto original. Shara abrazó a su esposo, un poco más tranquila ahora que entendían la dolencia de la dragona.

—Vayamos a hablar con nuestro hijo —dijo Petrus.

  Eidyn permanecía tumbado sobre el cuello de Nerezu. Lloraba y no respondía a ninguna de las palabras de consuelo que le ofrecía Dana. Únicamente se incorporó cuando escuchó a alguien abrir la puerta del cobertizo. Sus padres habían hablado con el abuelo y entraron deprisa.

—Eidyn, sabemos qué le pasa a Nerezu —susurró Petrus para no molestarla.

—¿Cómo lo sabéis?

—Nos lo ha dicho el ente Padre. Escucha hijo, tu tristeza es la que se está apoderando de toda su fuerza. Cada vez que tú sufres, ella siente el doble de dolor en su corazón. Entiendo que eches de menos a Elena y Gema, pero debes recomponerte o perderás a tu guardiana.

—Es imposible. Mis sentimientos no tienen por qué afectarle con tanta dureza. No existe tal conexión —contestó llorando.

—La hay y de ti depende que la siga habiendo.

—El ente Padre nos ha confesado que debes activar la fuerza de tus genes, la energía que te concedió el ente ángel —prosiguió su madre.

—¿Y cómo puedo hacer eso?

—Hijo, tienes que ser fuerte —imploró Shara—. El abuelo hará un conjuro que aportará energía estelar a Nerezu. No durará mucho, solo el tiempo necesario para que tú potencies tu fuerza interior, aceptes tu nueva vida y vuelvas a ser feliz. Inténtalo, aunque solo sea por ella. Te ha esperado mucho tiempo y se merece ejercer su labor, cuidarte y guardarte de cualquier peligro.

  Eidyn se limpiaba las lágrimas, mientras escuchaba los consejos de su madre. Entendía perfectamente lo que debía hacer y estaba dispuesto a poner todo de su parte. Observó meditabundo cómo Árkatos vertía un líquido en la cabeza de su dragona y después, unos polvos, formando un círculo. Nerezu se quedó profundamente dormida. Aun así, Eidyn y Dana respetaron su primera idea: quedarse velando los sueños de la guardiana y rezando para que desapareciera de una vez su tristeza.

«¿A qué huele la tristeza?», se preguntó Eidyn.

 

Capítulo 2

La empatía es una virtud con la que pocos seres nacen. Puedes aprender a desarrollarla, pero nunca llegarás a tocar el alma de nadie.

El día amanecía con un sol tan radiante que invitaba a desayunar al aire libre, aunque el rey Ted no disponía de tiempo para disfrutar de esos placeres. La corona lo reclamaba, y el Consejo de seguridad al completo le esperaba en la sala de juntas para tratar un tema bastante peliagudo: la aparición del halo de oscuridad, uno de los peores temores para cualquier habitante de Arkanshía. Al sur del reino de Belthin, algunas parcelas de distintos propietarios habían sido literalmente engullidas por el halo y, en lugar de tener tierras sembradas con un fruto prometedor, poseían un paisaje negro, sombrío y muerto. Ni tan siquiera los animales más pequeños osaban cruzar el límite de color.

  La reunión duró unas cuantas horas y, al finalizar, ninguno de los miembros del Consejo había despejado ni las dudas ni los temores que todos compartían. En realidad, nadie conocía la forma de deshacer el hechizo que un día, muchas lunas atrás, el ente Padre había lanzado sobre el nuevo planeta.

  Tenían claro varias cosas: se trataba de un «Folium recens», un hechizo destinado a la naturaleza, que tenía consecuencias catastróficas e influía en él la energía interior del planeta. Habían adquirido información sobre este problema por pura lógica. Decenas de hombres de ciencia y grandes hechiceros de distintas comarcas trabajaban en la búsqueda de más conocimientos de forma constante. Algunos de ellos habían ido a Ánkorax a consultar el Libro I de Theimushim, sin encontrar ni una sola anotación que les fuera útil.

  En cuanto el último hombre se retiró de la sala, Ted buscó la suave caricia del viento para despejar su mente y salió a la terraza. Desde allí contempló a Senix, dibujando bajo la sombra de uno de los robles más altos del jardín principal. El amplio espacio estaba repleto de árboles frutales que proporcionaban un rico aroma.

  Hacía casi dos semanas que Senix se había instalado en el castillo, tratando de olvidar la terrible experiencia vivida con el alma oscura de Arellys. Hasta ese momento se encargaba de controlar las tareas del hogar, una labor que no representaba gran esfuerzo por su parte. No era la clase de trabajo que le gustaría realizar el resto de su vida. No obstante, hasta que encontrara algo digno de ella, le había prometido al rey que se hospedaría allí.     

  Ted disfrutaba mucho de su compañía y deseaba de corazón que no tuviera que irse nunca. Entonces recordó su procedencia. Senix había nacido en Cathus, el reino vecino, totalmente arrasado por el halo de oscuridad. Contaba tan solo ocho años de edad cuando tuvo que abandonarlo, pero seguro que mantendría vivos ciertos recuerdos de su infancia, y quizá alguno de ellos fuera lo suficientemente importante como para servirle de ayuda. Decidió bajar al jardín y sentarse a su lado. Ella lo miró sonriendo:

—¿Te apetece un poco de limonada? Está estupenda.

  La mesita del jardín estaba llena de dulces, frutas, té y limonada recién exprimida.

—No, gracias.

  Ted miraba distraído sus zapatos. No encontraba las palabras adecuadas para abordar el tema que tanto le preocupaba.

—¿Qué ocurre? ¿Se ha ido ya el Consejo? —preguntó Senix.

—Tenemos en el reino parcelas cubiertas de halo de oscuridad.

  En los ojos de Senix podía percibirse el temor que sus palabras le habían producido.

—Será el fin de Belthin —aseguró tras una pausa.

—Debe existir alguna forma de detenerlo.

  La ansiedad se había apoderado de Ted desde la primera vez que un campesino le habló de la oscuridad en el reino.

—No, no la hay. En cuanto aparece, ya no hay vuelta atrás.

  Ted se quedó perplejo.

—Si hay terrenos oscuros significa que has consentido que reine la maldad y la dejadez en tus tierras.

—¿Qué quieres decir?

—El halo de oscuridad aparece en aquellos lugares donde existe el mal. Algunos de tus hombres de confianza deben de estar ejerciendo su poder de forma negativa en varios poblados. Debes averiguar qué están haciendo y por qué.

—¿Cómo?

—Tendrás que ir a las zonas afectadas y preguntar directa-mente al pueblo. Es necesario que sepas cuáles son las malas prácticas que se están realizando en tu nombre.

—¿Y después?

—Erradicar el problema —atajó Senix.

—¿Y desaparecerá el halo de oscuridad? —preguntó Ted con un ápice de esperanza.

—No. El hechizo del ente Padre es irreversible. Una vez que empieza, no puede eliminarse de ninguna manera, al menos que yo sepa. Sin embargo, es posible vivir con ello. Solo es preciso que no se extienda más y evitar a toda costa que surjan nuevos brotes.

—¿Cómo se consigue eso? —preguntó Ted, angustiado.

—Controlando a tus hombres. El ente Padre quería que cada rey se encargara personalmente de su reino y lo llevara por buen camino. Ese fue el principal error de mis antepasados, pensar solo en ellos mismos.

—Cuéntame lo que ocurrió en Cathus.

 —Según me contó mi madre, Arellys perdió la cordura cuando la separaron del amor de su vida, el guerrero Tristán —explicó Senix, sintiendo toda la atención de Ted puesta en sus palabras—. En cuanto pisó Cathus, su único interés fue crear un ejército lo suficientemente numeroso y poderoso como para aniquilar al resto de reyes del planeta. Tardó muchísimas lunas en conseguirlo, hasta que terminó cumpliendo su deseo. Con el número de soldados que quería, llevó a cabo cruentas batallas por tierra y mar. Perdió miles de hombres en su empeño. Un día, sin que nadie sepa cómo ni por qué, cambió sus planes y se en-cerró en el castillo. A partir de ahí, todo el que tuviera conocimientos sobre la magia fue reclutado entre sus paredes y puesto al servicio de la reina. Nadie sabía el alcance de su poder. Al cabo del tiempo, engendró una hija, Aras, al parecer, fruto de su relación con un brujo, que se crió desarrollando habilidades extraordinarias con la magia.

  Senix se quedó unos segundos pensativa.

—Por aquellos días —prosiguió—, ya existía el halo de oscuridad en muchos territorios del reino, a pesar de que Arellys no le concedía la más mínima importancia. Su hija heredó su rebeldía, el odio y su sed de venganza. Con una energía sobrenatural continuó su legado, tratando de conquistar los reinos vecinos. Belthin y Sophire fueron los que más sufrieron por ser fronterizos. No obstante, ambos fueron apoyados por el rey Amadis de Ánkorax.

—Siempre se dijo que era un buen hombre —añadió Ted.

—Pues sí. Cada luna que pasaba aumentaban los territorios oscuros del reino —continuó explicando Senix—, y ni siquiera la nueva reina, Aras, se preocupaba por ello. Cuando murió su madre, Arellys, se vio sumergida en una tristeza que le acompañó el resto de su vida. Ya contaba con un hijo al que envenenaba cada día con historias que aumentaban sus ganas de venganza y que, al llegar a la madurez, continuó con las mismas batallas que organizaba su abuela. Esa ha sido siempre la historia de Cathus, reyes que se preocupaban única y exclusivamente de ellos mismos y sus ansias por reinar.

—¿Y el ente Padre? —preguntó Ted.

—Todos se olvidaron de sus deseos e intenciones, hasta que se vieron sin territorio, despojados por completo de todo lo que un día les fue concedido. En tiempos del rey Lemus, mi padre, el reino estaba casi desolado y solo pudo reinar durante dos lunas antes de que el castillo se vistiera de luto. Una mañana, mis padres me sacaron de mi cama y, junto a un grupo no muy numeroso de personas que apenas conocía, nos fuimos a pedir asilo político al rey de Belthin, tu padre. Nadie había oído hablar del halo de oscuridad por estas tierras y curiosamente nunca llegó a traspasar las fronteras de Cathus.

—Entonces, ¿Cathus sigue existiendo?

—Claro, solo que está sumergido en una noche profunda, en una oscuridad absoluta. Nada conserva su color. La tierra, el mar, el aire y todo lo que puedas observar está tan oscuro como una noche sin luna ni estrellas.

***

Dana acompañó a su hermano casi toda la noche hasta que lo notó tranquilo y su guardiana dormía plácidamente. Cuando casi amanecía se acurrucó entre sus sábanas blancas y trató de conciliar el sueño. Poco después, una sensación extraña la obligó a cambiar de postura. Era un cosquilleo suave que recorría sus mejillas. Varias veces se pasó la mano, pensando que se trataba de su cabello, aun así, las cosquillas continuaban.

  Abrió los ojos y se quedó perpleja. Nunca había vivido un despertar tan magnífico. Rememoró el momento en que llegó a Ánkorax, y una hermosa hada le dio la bienvenida. Nimba estaba frente a ella de nuevo. El hada de las flores rociaba de polvos mágicos su rostro. En esta ocasión, le daba los buenos días.

—¿Qué haces aquí, preciosa?

  El hada revoloteaba con energía alrededor de Dana. Con sus delicadas y diminutas manos le señaló la suya. Dana la levantó, y enseguida se posó en ella.

—Creía que no podía tocarte. Eres tan bonita —dijo, acercándosela a sus ojos.

—Es importante que sepas quién eres y comiences a actuar como tal —comentó Nimba con una suave y aterciopelada voz.

—No te entiendo. Ya sé quién soy. Soy la princesa Dana de Ánkorax.

—Lo sé. Además, eres maga. Por tus venas corre sangre es-telar de un ente ángel y eso te convierte en inside.

—¿Como mi madre adoptiva? —rio.

—Sí. Debes aprender tu oficio cuanto antes y salvar el planeta Arkanshía.

—¿Qué dices? Arkanshía ya no está en peligro. Lo salvamos de Arellys hace unas semanas.

—Vienen días oscuros. Tienes que poner todo de tu parte o la última profecía de Theimushim se cumplirá. Regresaré en cuanto pueda. Habla con la maga Safira.

  Al terminar la frase agitó con fuerza sus alas y desapareció a través de la ventana. Dana se quedó sin palabras.

***

Gema se había levantado aquella mañana dispuesta a evitar que pasara un solo día más. Hacía dos semanas que no tenía noticias de Eidyn ni para bien ni para mal. Los primeros días los pasó sumida en un profundo enfado, cargado de celos y desengaño. La morena de ojos verdes que acababa de aparecer en su vida lo había idiotizado, y ella estaba pagando las consecuencias de un desinterés total por parte del que se suponía que era su novio. A medida que pasaban los días, su ira fue disminuyendo y comenzó a enviarle wasaps en los que le pedía que hablaran e hicieran las paces. Eidyn no había respondido a ninguno de ellos. 

  Había entrado en el instituto con la idea de dar las dos primeras clases y marcharse antes de la siguiente. Pero la concentración era un lujo que ese día no podía permitirse. Sin perder más tiempo, se dirigió a la comisaría de policía. No quedaba muy lejos, tan solo tendría que caminar unas cuantas manzanas.

     «Nunca he tenido la necesidad de entrar», pensó.

      Al abrir la puerta, encontró un largo mostrador y, detrás de él, unos cuantos agentes trabajaban en diferentes ordenadores.

—Buenos días —contestó amablemente uno de ellos.

—Buenos días.

—¿Puedo ayudarle, señorita?

—Sí, eh, quiero poner una denuncia.

—¿Motivo? ¿Ha perdido algo?

—No. Se trata de una denuncia por desaparición.

—¡Desaparición! —repitió el agente, mirándola por encima de las gafas.

—Mi novio ha desaparecido —aclaró.

  El agente desvió la mirada y mostró una sonrisa irónica. Gema se sintió incómoda.

—Venga por aquí, señorita.

  Se dirigió a una sala que quedaba justo detrás del mostrador, y ambos entraron. Olía a tabaco. Era muy pequeña, de unos cinco metros cuadrados, en la que solo había una mesa con un portátil y dos sillas, una frente a la otra. Se sentó y le indicó a la muchacha que hiciera lo mismo. Después, sacó un folio del cajón y lo puso encima de la mesa. Del bolsillo superior de su uniforme cogió un bolígrafo y se colocó las gafas en su sitio. En el formulario, comenzó a escribir sus datos personales y el número de placa, luego preguntó a Gema todo lo relacionado con su identidad. En cuanto terminó de cumplimentar la primera parte de la hoja, soltó el bolígrafo y la miró fijamente.

—Dime, ¿qué le hace pensar que ha desaparecido? Es posible que hayáis reñido, y se esté tomando un tiempo. O tal vez se haya ido con alguna amiguita.

—Está claro que no le conoce. Nada de eso es posible. Nosotros…

  El móvil del agente comenzó a emitir unos pitidos en forma de llamada y, de inmediato, se levantó.

—Disculpe, señorita, tengo que contestar. Sí, Carmelo, ¿cómo va todo?

  El agente salió de la sala y empujó la puerta, aunque no llegó a cerrarse. Por el espacio que quedó libre podía divisar a un grupo de policías que se habían arremolinado en una esquina del mostrador. Alguien entró en comisaría, dirigiendo la palabra al grupo.

—¡Asombroso! —exclamó—. ¿Recordáis al tipo que se escapó hace unos días de la prisión de máxima seguridad en Suiza? —Varios compañeros asintieron—. Pues acaba de entrar en territorio español.

—¡Cómo no nos iba a tocar a nosotros! —contestó alguien.

—Lo que nos faltaba.

  El agente regresó a la sala, cerrando la puerta tras de sí e inició, usando el portátil, las preguntas relativas a la persona desaparecida.

—¿Por qué no realiza la denuncia un familiar directo?

—Porque no tiene. Acaba de fallecer su madre.

—¿Nombre?

—Eidyn Gaes.

—¿Segundo apellido?

—Eh… No lo recuerdo.

  El policía volvió a observarla por encima de las gafas. «¿Qué clase de chica no recuerda el segundo apellido de su novio?», pensó.

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