Cuentos para aumentar la autoestima.

Un regalo inesperado

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No era capaz de dormir. ¿Cómo iba a hacerlo? En su cabeza aún resonaba la música de la cabalgata; los gritos de los más pequeños, cuando cogían un caramelo; las conversaciones de los mayores, admirando los detalles tan creativos de las distintas carrozas.

  Se levantó de la cama y cruzó el pasillo.

—Andrés, ¿dónde vas? —preguntó su madre, que permanecía sentada en el sofá del salón.

—Al baño, mamá.

  Volvió a meterse entre las sábanas y a cerrar los ojos. Los colores brillantes de las luces, los papeles navideños que envolvían los regalos y los disfraces que cada grupo vestía representando su papel, asomaban a su mente como secuencias de una película.

  De nuevo, salió de su cama, se colocó las zapatillas de paño y recorrió el pasillo.

—Andrés, ¿dónde vas esta vez? —preguntó su padre.

—Voy a beber agua. Solo será un momento.

  Miró el reloj de su mesilla, las doce y media. No podía conciliar el sueño. No dejaba de pensar en todo lo que había vivido la tarde de la cabalgata. No era la primera vez que lo hacía, pero había sentido que… de alguna manera, este año había sido diferente. Tal vez era porque había observado la alegría de la gente, la ilusión de los más pequeños, la colaboración de gran parte de los vecinos del pueblo y… algo más. Había sentido el calor de su familia. La sorpresa de Andrés había sido mayúscula cuando su madre le comunicó que papá saldría pronto de trabajar para poder acompañarlos durante toda la tarde.

  Su madre llevaba en brazos a la pequeña Alba que parecía tener, esa noche, los ojos más redondos que nunca. Su padre le había subido a sus hombros. Hacía años que no se colocaba así. Se podía ver una panorámica completa desde aquella posición. La tarde había sido realmente perfecta.

  Pero, ahora, no podía dormir. Esa era su realidad.

—Si no estás durmiendo, los Reyes Magos pasarán de largo y no entrarán en casa. Mañana, el árbol de Navidad lucirá vacío y tu ilusión, igual —le repetía siempre su madre.

  Andrés quería dormirse con todas sus fuerzas, pero era imposible. Pensó en levantarse de nuevo y cerciorarse de que, en la bandeja del salón, continuaban los tres vasos de agua para los camellos y los polvorones, para los Reyes Magos. Además, según la tradición de su madre, cerca del árbol había que colocar dos cosas: un zapato por persona que vivía en la casa y paja para alimentar a los incansables animales.

  Así que, pese a saber que su madre insistiría en saber por qué continuaba despierto y tal vez se enfadaría, se sentó en su cama para calzarse las zapatillas cuando sintió que se abría la puerta.

—¿Abuelo? —preguntó al reconocerlo—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo…?

—Shh. Que nadie nos oiga —susurró sentándose al borde de la cama de su nieto y arropándolo con micho mimo—. Mira la hora que es. ¿Sabes por qué no puedes dormir?

—Porque no tengo sueño.

—Claro que lo tienes, sin embargo, los nervios no te lo permiten. Escucha, te contaré una historia de cuando tenía tu edad y una noche como la de hoy, tampoco podía dormir.

  “Mi carta había sido muy corta porque me preocupaba que, al pedir muchos regalos, algún niño se quedara sin el suyo. Deseaba con todas mis fuerzas un tiovivo musical, así que eso fue lo que pedí. Cuando se acercaba el momento de dormir pensé que, tal vez, al pedir una sola cosa, no me la pudieran traer, ya que no les había ofrecido al menos dos opciones para elegir.

   Entonces, mi papá se sentó en mi cama, así como yo me he sentado en la tuya, y me dijo que había una forma muy sencilla de quedarse dormido.”

—¿Cómo es esa manera? —interrumpió el pequeño.

—Imagina que eres un mago de verdad y que puedes regalarle a cada una de las personas que quieres un regalo especial. Debes hacer una lista mental, por ejemplo: a mamá le regalaría un vestido de fiesta precioso, a papá… Así hasta que termines con todas las personas que amas. Cuando quieras darte cuenta, estarás soñando. Cierra tus preciosos ojitos y comienza la lista.

—Espera, abuelo. Dame un fuerte abrazo antes de que me quede dormido.

  El sol salió y sus rayos iluminaron la habitación de Andrés. Adormilado aún, pensó en la lista que había elaborado de madrugada para conciliar el sueño, como le había dicho su abuelo. Realmente no recordaba hasta qué puesto había llegado. Lo que sí tenía claro era que su técnica funcionaba a la perfección. De pronto, recordó el único deseo que había pedido en su carta: un tiovivo musical. ¿Se lo habrían traído los Reyes Magos? Había olvidado preguntárselo.

  En esos momentos pensó en su propia carta y en todo lo que había pedido. Era cierto que habían sido muchas más cosas de las que necesitaba, pero confiaba en que sus Majestades sabrían elegir lo más adecuado.

  La puerta de la habitación se abrió y, de forma sigilosa, su madre entró para averiguar si continuaba dormido.

—¿Nadie va a ver qué regalos hay debajo del árbol?

   Mientras le hacía caricias en el pelo, observó un objeto extraño que producía una preciosa melodía. En el fondo, le resultaba muy familiar.

—Pero… ¿qué es esto?

—¡Es el tiovivo del abuelo! —exclamó sorprendido Andrés.

—¿De qué hablas?

 —Anoche, el abuelo vino a tranquilizarme y me ha dejado su tiovivo.

—Cariño, tú sabes que hace varios años que se fue al cielo. Ya no está con nosotros.

—Pero su tiovivo, sí.

                   FELIZ NAVIDAD PARA TODOS.

 

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