Su primer verano.

Amores de Verano.
Relato que participa en el concurso de Zendalibros.com

  Los granos de arena se introducían por dentro del bikini de Alicia, mi pequeña de casi tres años de edad. Sentada frente a su imaginario castillo de arena, acababa de comprobar que por muchas veces que fuera a la orilla y las olas le retiraran toda la arena que llevaba pegada, en cuanto se sentaba, se volvía a embadurnar de nuevo. Así que desistió y continuó con su divertido juego.

 Me encontraba tan cerca de ella que, en ocasiones, la arena que volcaba sobre el castillo, iba a parar a mis pies.

—Mami, necesito espacio —me decía riendo.

 Mi niña… era ahora tan feliz. Hacía ya dos meses que habíamos dejado atrás nuestras vidas junto a él, mi marido, aquel que un verano creí que sería el amor de mi vida. Sin quererlo, mis ojos se posaron en su pequeño lóbulo derecho, ya casi totalmente cicatrizado, sin poder usar aún pendientes. Mi memoria regresó dolorida a aquel día. Sentadas en la cocina, mi pequeña había decidido que cenaríamos croquetas con ensalada. Mientras colocaba las últimas en el plato, él se acercó a mí por la espalda y comenzó a besarme el cuello. En menos de dos segundos sopesé la situación: si le dejaba hacer, se me quemarían las croquetas y el aceite saldría ardiendo; si le decía, aunque fuera amablemente, que aguardara un instante, se enfadaría y podría imaginar dónde acabaría la sartén con el aceite hirviendo. Lo primero que se me ocurrió fue dejarle continuar, al mismo tiempo que apartaba la sartén y vertía el aceite por el fregadero.

—¿Qué haces, loca? ¿Por qué tiras las croquetas? ¿Te salen gratis? —preguntaba mientras me daba golpes en la cabeza.

  Entonces mi pequeña se acercó a él, pidiéndole que no me hiciera daño. Él se volvió y la cogió por la oreja. Yo trataba de calmarlo pero su furia se había encendido igual de rápida que la llama de un mechero. La sujetó con fuerza y la lanzó contra el pasillo. Jamás la había escuchado llorar con tanta fuerza.

—¿Qué tienes en la mano? —le pregunté, sabiendo con toda seguridad lo que guardaba dentro.

  Él sonreía y se acercaba a mí. Mi niña gritaba de dolor, en un lugar donde no podía verla. Entonces él se detuvo, me enseñó el puño cerrado y después de unos segundos lo abrió. El diminuto pendiente de mi pequeña se encontraba en el centro de su palma. Lo tiró al suelo, cogió el plato de croquetas y se fue a sentar en el sofá, encendiendo la televisión para ver un partido de fútbol.

  Estaba de sobra pedirle que nos llevara a urgencias para que le cosieran la herida de su lóbulo, así que me la llevé a mi habitación y traté de curarla lo mejor que pude. Solo encontraba consuelo en mis brazos y mientras la acunaba, una fuerza extraña se apoderó de mí. Esa sería la última vez que me pondría la mano encima y a su hija no volvería a tocarla jamás. Abrí el cajón de mi mesilla y extraje del contenedor dos relajantes. Separé las dos partes de las cápsulas, vertí un poco de agua en un botecito pequeño y dentro coloqué los polvos que lo mantendrían dormido el tiempo suficiente para que las dos pudiéramos salir de la casa sin que se diera cuenta. Con el bote en la mano me di cuenta que lo realmente difícil seria verter el contenido en algo que él se bebiera.

  Mi niña se había quedado dormida, así que decidí salir y averiguar qué hacer a continuación. Pasé por el salón, pero él ni me miró. Entré en la cocina y actué como si continuara haciendo la cena.

  Es curioso, pero a veces, cuando más lo necesitas, la vida coloca todos los elementos en su sitio para que ocurra precisamente lo que debe ocurrir.

—¿Trae una cerveza? —gritó desde el sofá.

  De pronto sentí un aleteo de mariposas en el estómago. No era normal que pudiera tener tanta suerte. Enseguida abrí el frigorífico, saqué una cerveza bien fría, le quité el tapón y le vertí, lo más rápido que pude, el contenido del frasco. No podía darle vueltas porque correría el riesgo de sacarle mucha espuma, así que recé para que no notara sabor alguno.

  No sabía el tiempo que debía esperar hasta que se durmiera. Yo solía tomarme una cápsula, pero a veces tardaba bastante en quedarme dormida. Pero él llevaba dos relajantes. Se suponía que le haría efecto pronto. Y así fue.

  No me atrevía a hacer nada sin asegurarme de que estaba totalmente dormido, así que lo llamé varias veces y al ver que no contestaba lo zarandeé otras tantas. Nada, ni se movía.

  Entonces corrí hacia mi habitación, metí en un pequeño bolso lo necesario para varios días, tanto de mi niña como mío, cogí en brazos a Alicia y salimos de la casa. En cuanto encontré una cabina de teléfonos llamé al 016 y encontré la paz.

  Han pasado dos meses desde aquello y  aún me cuesta pasar un día entero sin recordar mi vida anterior, pero ahora todo es diferente. Las chicas con las que vivía, aquellas que habían sufrido situaciones parecidas, disfrutábamos de un día en la playa. Era la primera vez que mi pequeña veía el mar y en mí, una sonrisa constante.

   Ese verano, ella era mi amor verdadero, lo había sido desde que nació, ahora no necesitaba nada más.

   Relato escrito por Luisa García.

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Gracias por tu visita.

Si quieres enterarte de las bases del concurso ve a http://www.zendalibros.com

2 comentarios en “Su primer verano.

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