Concurso

El reencuentro.

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     El autobús con destino a Matalascañas acababa de iniciar su viaje. En esta ocasión treinta y siete jubilados habíamos elegido el destino más típico en los meses de verano. Pasar un día entero en la playa tenía sus inconvenientes, pero también tenía muchas ventajas y a mí me encantaba este tipo de excursiones. Me había sentado junto a Manuela, mi amiga de toda la vida, con la que seguía compartiendo muchas risas y buenos momentos.

—¿Has visto quién está sentada ahí detrás y con quién? —murmuró Manuela.

   Yo volví la cabeza al mismo tiempo que recibía un codazo por parte de mi amiga.

—¡No te gires ahora! Van a decir que estamos hablando de ella.

  Hice como que contaba los viajeros del autobús y cuando llegué al lugar de Isabel, me contestó:

—Treinta y siete, Claudia, vamos treinta y siete.

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Creación de Mundos, Escribir una novela, Recursos para el escritor

Razones para dibujar el mapa de tu mundo. Worldbuilding.

Mapas

Vamos a dibujar, a mano, el mapa de nuestro mundo fantástico, ¿por qué no? 

¿Qué dicen por ahí?

  • Mira un mapa y enseguida querrás estar allí.

Esa frase es muy cierta. Hay mapas que están tan bien estructurados y diseñados que, solo con verlos, se te dispara la imaginación y podrías crear tu propia historia.

  • Colocar un mapa al principio o al final de tu novela ya está muy visto.

Esta frase ”puede” que también sea cierta, pero para mí no hay nada mejor que estar metida en pleno reino perdido de la historia que estés leyendo y poder comprobar por ti mismo, el camino que está recorriendo el personaje.

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Concurso

Su primer verano.

Amores de Verano.
Relato que participa en el concurso de Zendalibros.com

  Los granos de arena se introducían por dentro del bikini de Alicia, mi pequeña de casi tres años de edad. Sentada frente a su imaginario castillo de arena, acababa de comprobar que por muchas veces que fuera a la orilla y las olas le retiraran toda la arena que llevaba pegada, en cuanto se sentaba, se volvía a embadurnar de nuevo. Así que desistió y continuó con su divertido juego.

 Me encontraba tan cerca de ella que, en ocasiones, la arena que volcaba sobre el castillo, iba a parar a mis pies.

—Mami, necesito espacio —me decía riendo.

 Mi niña… era ahora tan feliz. Hacía ya dos meses que habíamos dejado atrás nuestras vidas junto a él, mi marido, aquel que un verano creí que sería el amor de mi vida. Sin quererlo, mis ojos se posaron en su pequeño lóbulo derecho, ya casi totalmente cicatrizado, sin poder usar aún pendientes. Mi memoria regresó dolorida a aquel día. Sentadas en la cocina, mi pequeña había decidido que cenaríamos croquetas con ensalada. Mientras colocaba las últimas en el plato, él se acercó a mí por la espalda y comenzó a besarme el cuello. En menos de dos segundos sopesé la situación: si le dejaba hacer, se me quemarían las croquetas y el aceite saldría ardiendo; si le decía, aunque fuera amablemente, que aguardara un instante, se enfadaría y podría imaginar dónde acabaría la sartén con el aceite hirviendo. Lo primero que se me ocurrió fue dejarle continuar, al mismo tiempo que apartaba la sartén y vertía el aceite por el fregadero.

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