El defecto de Juzgar.

El defecto de Juzgar

  La lluvia caía sin descanso desde el mediodía y las calles se llenaban de charcos que embarraban el calzado de los transeúntes.

Victor había permanecido todo el tiempo resguardado en un portal, oculto tras las cajas que el conserje había colocado en una esquina hasta que el dueño del  5º pasara a recogerlas.

Era su día de suerte. Comparado con sus amigos, él permanecía seco. Su única terea consistía en no dejarse ver. Pero la suerte no es eterna y el conserje se percató de la presencia del vagabundo. Enseguida lo echó de allí y lo amenazó con llamar a la policía si vovía a colarse en aquel edificio.

Victor salió a la calle y en cuestión de segundos estaba calado hasta los huesos, pero se sentía dichoso, por haber dormido una buena siesta resguardado del frio y la lluvia. Agradecido a la vida continuó caminando hacia la vieja fábrica con el techo derrumbado que le servía de hogar nocturno a él y a otros como él.

Mientras caminaba por la acera tratando de no chocar con nadie para no molestar, un desconocido se paró y le dio una moneda de 2 euros. Victor se lo agradeció varias veces sintiéndose de nuevo afortunado por la amabilidad de aquel señor.

  Con los 2 euros en el bolsillo y la felicidad de haber pasado un día seco, continuó su camino hacia la fábrica. Entonces, un olor a comida caliente inundó sus fosas nasales y de alguna manera lo dirigió hacia el pequeño restaurante-bar que la ofrecía.

El defecto de Juzgar

Victor abrió la puerta y fue consciente de todas las miradas que se clavaron en su apariencia. Empapado de pies a cabeza, con larga cabellera negra y una barba ensortijada, no resultaba muy atractivo al ojo humano.

  Se sentó en la primera mesa que vio desocupada y llamó a la camarera que parecía discutir con un señor enchaquetado. Tras asentir con gran pesar, se dirigió a la mesa del vagabundo, sacó la libreta del bolsillo y evitando respirar le ofreció la carta.

Victor la ojeó, mirando sobre todo los precios. Después la cerró y preguntó a la camarera:

—¿Tiene usted sopa caliente?

—Si, tenemos sopa con fideos.

—¿Cuánto cuesta?

La camarera suspiró de impaciencia mientras le decía que eran 4 euros.

  Victor sacó la moneda, la puso encima de la mesa y preguntó:

—¿Cuánto costaría la sopa sola?

  La camarera miró al jefe que estaba detrás de la barra, mostrando desesperación. Jamás se le había dado el caso de alguien que quisiera solo sopa, sin nada,  pero pensó que tal vez si le ponía pronto la comida, aquel vagabundo saldría del local y no espantaría a la clientela.

—Vale, se la puedo dejar a 2 euros.

—Entonces tráigame un plato de sopa.

Pasados unos segundos la mujer puso el plato de sopa encima de la mesa y Victor cogió la cuchara. Ya no recordaba la última vez que comió con ella. Probó  la sopa. Estaba exquisita y su estómago le agradeció la entrada de comida caliente.

Al terminar, Victor alzó la mano llamando a la camarera mientras veía por segunda vez cómo conversaba airada con el hombre enchaquetado. Debió convencerlo pues fue él quién le llevó la cuenta y recogió el dinero. Antes de irse Victor le pidió un boli.

En una de las servilletas de papel que había en la mesa escribió una nota y se fue.

Entonces el jefe le indicó a la camarera que debía limpiar la mesa pues la gente seguía llegando. Malhumorada porque todo le olía al vagabundo fue a recoger el plato con la cuchara cuando encontró una servilleta escrita debajo de un bolígrafo.

En cuanto cogió el papel su cara se descompuso.

El defecto de Juzgar

Sobre la mesa había una moneda de un euro. La camarera leyó la nota:

“No tenía para los fideos,

Pero aquí te dejo algo de propina.”

Agradezco mucho su servicio.

Reflexión:

Según dijo una vez  Antoine de Saint : “Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los demás”

Las personas que juzgan suelen compartir una misma personalidad y carácter:

  • Quieren justificar lo que hacen en su vida desacreditando la de otros.
  • No les interesa mejorar en la vida.
  • De alguna forma sienten que así se tranquilizan.
  • Y se enfadan con mucha facilidad.
  • No muestran interés por nada concreto. Su tiempo libre, que suele ser mucho, lo dedican a observar a los demás para luego criticar.
  • Creen que el éxito de los demás se debe a engaños, suerte o casualidad, nunca al trabajo, esfuerzo o constancia.
  • No admiten ninguna crítica sobre ellos mismos.

Entonces ¿cómo escapar de este tipo de gente? Casi de forma sencilla. No dejes que sus comentarios y opiniones te atrapen. Hay críticas que te ayudan a mejorar, son las únicas que importan, las demás transfórmalas en cascadas de agua que resbalan por las piedras y se van, de la misma manera que te das tú la vuelta y te apartes de ese tipo de personas.  Piensa que esa crítica que recibes es un regalo que no te gusta y devuelves, para buscar otro mejor.

No juzgues a la gente por su apariencia. No dice nada positivo de ti. Trata de guardar tu primera opinión sobre alguien en un lugar bien cerrado. Cuando le des la oportunidad de demostrarte quién es sabrás si abrir el cajón o no.

Espero haber puesto un granito de arena en tu bote de la felicidad. Llénalo.

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